Cuando uno es mejor que los hijos, señal de que fracasó

Jaime Enríquez Félix
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

El nacimiento de un nuevo ser es un acontecimiento único y excepcional. Si se trata de tu hijo tiene emociones encontradas de toda índole, porque es como volver a nacer uno mismo y de pronto verse reflejado en una nueva vida. Jaime fue gestado cuando fui diputado federal en el movimiento de 1988, donde la incertidumbre era total sobre la misma vida y sobre el futuro de México en el cual estábamos inserto un grupo de mexicanos que luchábamos por tirar la tiranía del PRI-gobierno.

Su nacimiento estuvo configurado por la ausencia paterna: estábamos construyendo el México nuevo, a ello estábamos dedicados. Apenas alcanzando un año para poder convivir con él, lo hacía acompañarme a algunos eventos. A él le gustaba, le encantaba la gente: Era un niño mimado por las masas. Cuando fui candidato a gobernador, la toma de protesta fue en Jerez sobre la caja de un camión que transportaba cemento. No había Instituto Nacional Electoral, mucho menos Instituto Electoral del Estado de Zacatecas y los recursos de campaña eran aportaciones propias y del verdadero pueblo que hacía su propaganda.  Al iniciar el mitin, Jaime, que era muy pequeño para andar por su propio pie, se sentó en plataforma a mis pies. Al pretender levantarse, se agarró de donde pudo: resultó ser el ingeniero Cárdenas con un pantalón azul marino que quedó manchado por las huellas de esas pequeñas manos, lo que provocó una ovación fraterna.

Nuestra vida como “políticos democráticos” era totalmente incierta. Fui miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PRD con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y me tocó la responsabilidad de formar el PRD en el extranjero, por lo que los viajes a Estados Unidos, Europa y Sudamérica fueron frecuentes. Cuando regresaba a casa y cargaba a Jaime, él lloraba, porque su papá era un desconocido para él. Así transcurrieron su vida y la mía, juntos pero separados: su madre asumió el rol de padre y madre y le tocó fundamentalmente la educación formal de nuestro hijo. 12 años fui dirigente del estado de México: presidente del Consejo, secretario general y presidente estatal. Busqué siempre otorgarle calidad educativa en lugar de cantidad, pero eso no es fácil.  Los veranos los pasó en Canadá, en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos mejorando su inglés y de pronto ya era un joven con el que tenía excelente relación.

Viajábamos con frecuencia a mi casa de campo. En el camino me provocaba discusiones porque tenía tentación de ser orador. Yo endurecía el debate para hacérselo más difícil y en ocasiones terminaba llorando porque yo no me dejaba derrotar. Años después fue campeón de la Iberoamericana en debates en inglés. Estuvo en foros de la ONU, en congresos de jóvenes en Malasia y al entrar en la Universidad Iberoamericana, apenas cursando el segundo semestre de Derecho, se anunció la visita de la señora Obama a un foro de jóvenes que le darían la bienvenida al país. Compitió contra jóvenes de la Mesa Directiva de la Sociedad de Alumnos, contra grillos de Ciencias Políticas, con los de la propia Licenciatura en Derecho y contra otros dirigentes. Los derrotó y el orador fue él. La señora Obama le agradeció públicamente y su discurso está en las memorias de la Casa Blanca junto con el de la señora Obama, excluyendo al propio discurso del rector de la Ibero. A partir de entonces fue un joven consentido por el embajador de Estados Unidos en México, por la señora Obama y por otros funcionarios de la Unión Americana. Sin embargo, pensó que su destino era perfeccionarse en el área en la que él estudiaba. Se agrupó con algunos compañeros y formaron una empresa comercializadora en tecnología de punta. Nadie tenía más de 20 años, y ocupaban un piso de oficinas en Santa Fe. Entre sus compañeros emprendedores estaba un hijo de la familia Bimbo, otro de los empresarios de la Plaza México… el único no junior era Jaime. Despertó de su sueño empresarial para recordar que estudiaba abogacía. Compite para entrar al despacho Creel en Santa Fe nada que ver con el políticoentró y antes de los 20 ya era emisario para revisar contratos de compra de terrenos y propiedades turísticas en diversas zonas de alto crecimiento en México.

Terminó la carrera con un objetivo muy claro: aplicar para trabajar en la mejor consultora financiera del mundo, McKinsey. Su debilidad era ser abogado y su fortaleza, ninguna. Se prepara y con el apoyo familiar se logró reconvertir a financiero. Pasó el examen, vinieron procesos de inducción en Nueva York, Brasil, y terminó siendo asignado en Nueva Zelanda. Un joven de 22 años, desde luego con muy buen inglés porque había estado en diferentes países de habla inglesa conociendo los distintos acentos y modismos.

Su disciplina y su trabajo lo hacen ascender: ha dirigido ya proyectos no solamente en Nueva Zelanda, también en Australia donde está basado en Singapur, en Tailandia, en Hong Kong. Hace un par de meses fue nombrado ejecutivo senior logrando ser el más joven en alcanzar esa posición dentro de la empresa. Su especialidad es la auditoría de bancos y el análisis de empresas de comunicación. Hoy viaja cada viernes el equivalente a una distancia de México a Nueva York, entre Sídney y Perth donde ahora es su proyecto, para repetir el trayecto a la inversa cada lunes. Vive su trabajo con intensidad, con mucho profesionalismo y es un adicto al éxito.

Hoy, después de cuatro años, ha regresado por unos días a México con toda su vanidad, su firmeza y su experiencia. Esta mañana lo llevé al aeropuerto sin nostalgia, pero sí con mucho orgullo de haber logrado formar un ciudadano del mundo, un hombre con valores sólidos y lo más importante, estoy seguro de que es mejor que yo, lo que me hace sentir que mi tránsito en esta vida se ha cumplido. Cuando uno es mejor que los hijos, es señal de que ha fracasado.