De fosas y desaparecidos

Catalina Noriega / Cuchillito de palo / El Sol de México
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Si perder a un ser querido implica un enorme dolor, la desaparición es todavía más lacerante. Imposible hacer el duelo cuando las elucubraciones te ahogan. El no saber qué fue de una hija, que salió a la escuela y jamás se volvió a saber de ella; de un esposo, al que parece que se lo tragó la tierra, de un padre o una madre.

Un dolor que jamás mengua, como lo comprobó López Obrador en su reunión con familiares de desaparecidos. Pueden pasar los años y, así la razón diga que va a ser imposible encontrarlos con vida, la esperanza nunca muere y supone el acicate para seguir en la búsqueda.

Es esa ilusión la que lleva a organizarse, con quienes han sufrido pérdidas similares. Grupos que incluso cavan la tierra con sus propias manos, tras investigar con vecinos de las localidades, la probabilidad de encontrar una fosa clandestina, en la que podría estar su familiar.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos habla de mil 307 fosas (desde 2007), en las que se hallaron tres mil 926 cuerpos. El Registro Nacional de Personas extraviadas o desaparecidas, documenta 32 mil desaparecidos. La cifra se limita a las denuncias presentadas ante el Ministerio Público, por lo que podría ser mucho más alta, en vista de que un número importante no da aviso a la autoridad.

De estos expedientes, 73.7 por ciento son hombres y 26.3, mujeres. Casi la mitad eran jóvenes, entre los 15 y 29 años y el primer lugar en desaparecidos se lo lleva Tamaulipas, seguido por el estado de México y Sinaloa.

El número de denuncias, explica el interés de quienes piensan que pueden dar con su consanguíneo en una de las tantas fosas de la república.

Aunque, desde 2006 aparecieron algunas, la masacre de San Fernando en Tamaulipas (abril de 2011), cuando se encontraron a 193 personas –migrantes centroamericanos–, destapó el escándalo.

Las historias, reitero, vienen de lejos y habría que recordar a Rosario Ibarra de Piedra y la batalla que dio, a raíz de la pérdida de su hijo, Jesús, en los años de la Guerra sucia. Tiempos de horror que se creían cuestión de un pasado negro. Época en la que, el Servicio Secreto secreta y corporaciones, como la “legendaria” Dirección Federal de Seguridad, de la Secretaría de Gobernación, rompían con cualquier norma y esfumaban a quien se le daba su gana.

Poco han cambiado las cosas. Se sigue señalando a autoridades de todos niveles, incluso a las fuerzas armadas, como responsables de “levantones”. Ayotzinapa es el mejor ejemplo de la connivencia de policías municipales con los narcos y es justo la espina clavada de este régimen, incapaz de resolver semejante barbarie.

Se encontraron fosas en 23 entidades, lo que habla de la probabilidad de que las haya en todas. De los miles de restos –cráneos, fragmentos óseos–, pocos se han podido identificar y, haría falta una multitud de peritos forenses para darse abasto en el reconocimiento.

López Obrador se comprometió a “hacer lo posible” por apoyar a estos dolientes. Le pasa el encargo a Alejandro Encinas, quien ya plantea una Comisión de la Verdad, que dilucide lo ocurrido en Iguala.

Funcionarios de todos niveles, policías, agentes del Ministerio Público y hasta jueces, coludidos, solapando y encubriendo a criminales, entorpeciendo investigaciones; un entramado de sátrapas cobijados por una licencia.

Que Encinas hará lo que esté en su mano por lograr avances. No me cabe duda, siendo como es un hombre cabal, congruente, aunque la tarea pinta titánica.

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