1994: Recordar es vivir

Jorge Faljo / Faljoritmo
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“El crecimiento económico de México se traducirá hasta el largo plazo en un mayor bienestar y desarrollo social, reconoció hoy aquí Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) (…) agregó que ‘después de haber avanza­do de manera muy profunda en el ajuste económico y su rees­tructuración industrial, México tiene enfrente, particularmente con la apertura que se han atrevido a hacer, una perspectiva de crecimiento fuerte y sin inflación’.”

“Banco de México manifestó que el cambio de administración de ninguna manera provocará riesgos cambiarios, por fuga de capitales o por otros aspectos, porque la situación es de calma en los mercados financieros. (…) En consecuencia, dijo, la tran­sición no provocará presiones de ningún tipo a las finanzas ni a la política cambiaria, y sí por el contrario se siente una mayor confianza en el futuro del país.”

 La primera de las dos citas anteriores pretendía tener resonancia internacional y era un claro espaldarazo a la política económica seguida por el régimen que estaba a punto de terminar. Se publicó el 7 de octubre de 1994. La segunda apareció unas siete semanas más tarde, el 30 de noviembre del mismo año.

Toda una avalancha de optimismo compartido por los expertos financieros.

El presidente de la Bolsa Mexicana de Valores descartó una fuga de capitales “ya que los inversionistas tienen un análisis muy sólido sobre el riesgo país (27 de octubre de 1994). El vicepresidente de Citibank destacó que las crisis del año fueron controladas por el gobierno salinista (11 de noviembre). Un estudio de Salomon Brothers (28 de octubre) afirmaba que el mercado de valores crecería en las próximas semanas.

Es difícil saber si los declarantes simplemente se equivocaron en su diagnóstico, o si, a pesar de sus dudas intentaban construir una realidad alterna más acorde a sus intereses. En todo caso consiguieron algo importante: que la amenaza de devaluación no se hiciera realidad durante el gobierno del presidente Carlos Salinas, al que estaban todos asociados.

La estrategia defensiva era convencer a los inversionistas financieros que todo marchaba bien. Y lo lograron… a medias. Convencieron a los inversionistas externos, mucho más creyentes en las declaraciones oficiales. Pero los inversionistas internos, nuestra elite, se mostraron mucho más desconfiados. Algo que nos ocurre con frecuencia a los mexicanos; entre más nos dicen los medios que la sandía es verde, más pensamos que por dentro es roja. ¿A poco no?

Un par de años más tarde, al analizar lo ocurrido, un par de economistas estadunidenses escribieron que los inversionistas mexicanos fueron los primeros en correr en la crisis de diciembre de 1994, tal vez debido a una asimetría informativa. Lo que se puede interpretar de dos maneras; una es que sabían más que los de afuera y previeron lo inevitable. La segunda posibilidad es que la devaluación ocurrió no porque fuera inevitable, sino debido a que al actuar como lo hicieron ellos mismos la provocaron.

Algo hubo de ambas vertientes. Pero lo principal es que la estrategia del salinismo dependía de su capacidad para atraer capital externo. De 1990 a 1994 las exportaciones crecieron notablemente; pero las importaciones crecieron aún más y eso generaba una creciente necesidad de atraer capitales externos, fuera inversión productiva o meramente financiera.

La inversión extranjera directa, productiva, creció de 2.6 mil millones de dólares en 1990 a 4.4 mil millones en 1993. La atraía la oleada de privatizaciones de empresas estatales y la promesa de un mayor comercio con Estados Unidos.

La imagen de éxito vendía bien; sin embargo, el grueso del capital atraído era meramente financiero, especulativo. En 1990 entraron de éstos últimos 3.4 mil millones de dólares y para 1993 crecieron a 29 mil millones. El deterioro de imagen que implicaron el levantamiento zapatista y el asesinato del candidato presidencial del PRI, hizo que el flujo se redujera a solo 8 mil millones en 1994.

El caso es que la estrategia requería del capital especulativo para parchar un estilo de modernización de fachada que elevaba el déficit comercial con el exterior y que al interior destruía sin piedad las estructuras de producción agrícola e industrial construidas en las décadas anteriores.

El Plan Nacional de Desarrollo de Ernesto Zedillo, al analizar lo ocurrido hizo dos claras afirmaciones: la modernización salinista lo que hizo fue substituir una forma de producción por otra, con muy bajo crecimiento real; y los enormes montos de capital atraídos no participaron en el fortalecimiento de la producción.

La crisis de 1994 ocurrió a pesar de que el nuevo gobierno era del mismo partido político y prometía continuidad de la política económica. Pero el gobierno de Salinas había nacido con tufo a fraude electoral y su estrategia de apertura comercial con peso fuerte arrasó con la pequeña y mediana empresas orientadas al mercado interno. El levantamiento indígena le hizo ver al mundo que debajo del tapete se escondía un importante problema social.

Afortunadamente la crisis de 1994 tuvo un doble efecto paradójico. Aunque ocurrió a los pocos días de iniciado el sexenio de Zedillo, para la población fue muy claro que la raíz del problema se encontraba en la estrategia salinista. Esto le permitió gobernar al siguiente presidente sin cargar con una culpa que habría sido políticamente imposible de manejar.

La segunda paradoja fue que este grave tropiezo de la estrategia económica permitió un paréntesis de crecimiento entre décadas de estancamiento. De 1994 a 1996 la exportación de manufacturas creció en 80 por ciento; el peso débil impulsó la producción de exportación y también aquella orientada a substituir importaciones que se habían vuelto muy caras.

Este fuerte crecimiento ocurrió en las condiciones más precarias: sin crédito a las empresas y al consumo; sin inversión notable y con las cadenas de producción dislocadas. Banco de México lo explicaría en su informe de 1995: las empresas hicieron uso de capacidades instaladas ya existentes pero subutilizadas.

Estas capacidades dormidas fueron la gran fuente de riqueza que se reactivó en 1995 y que en lo económico le permitieron salir adelante al régimen de Zedillo. Eso a pesar de que los recursos públicos se dirigieron a rescatar a las elites financieras. La revaluación del peso acabó con el periodo de buen crecimiento hacia el final de ese sexenio.