Pejenomics y el último otoño

Luis Emiliano Gutiérrez Poucel
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Este otoño está viviendo los últimos días de la administración de Enrique Peña Nieto y el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Varios grupos de la población están inquietos de cómo se va a manejar la economía, y cómo las políticas públicas van a afectar su bienestar y patrimonio. Las señales son cruzadas, por un lado Andrés Manuel dice una cosa y luego sus colaboradores dicen otra. Lo peor y lo que más confunde es cuando tratan de explicar que ambos dijeron exactamente lo mismo.

Un amigo economista me decía que “si López Obrador supiera de negocios sería un hombre rico y no un político que se la pasa criticando a los ricos”. Este economista con pretensiones de escribiente piensa que Andrés Manuel ya se ha venido dando topes con la realidad y se está dando cuenta que el manejo de la economía requiere lo que los buenos padres hacen con sus hijos, dejarlos que aprendan y operen con libertad.

Un bosquejo de lo que iba a ser el programa económico del próximo gobierno se lanzó durante la campaña en mayo de 2018; a ese ideario económico se le denominó Pejenomics. En dicho programa económico se rechazaban varios puntos de conflicto, tales como que no se iban a nacionalizar empresas, ni expropiar negocios, ni aumentar irracionalmente los impuestos. También se aclaraba que Pejenomics no estaba en contra de la globalización, sino que buscaba que los beneficios de un México abierto se distribuyeran más equitativamente entre la población. El programa económico del gobierno Juntos Haremos Historia buscaba una economía para todos, no para solo unos cuantos.

El programa económico también procuraba tranquilizar a los empresarios, indicando que su programa cubriría los temas relevantes para ellos, tales como la macroeconomía, la innovación, el fomento industrial, el crecimiento económico y el Estado de derecho. Pejenomics descansa sobre la premisa de que el programa económico seguido en México durante las últimas tres décadas ha fracasado en todo el mundo y ha dejado al país en una condición delicada, premisa difícil de sustentar dado que el país ha podido (1) continuar creciendo sin los altibajos observados en la mayoría de los países latinoamericanos, y (2) mantener el pago de sus deudas. El propósito del programa Pejenomics fue de despejar las inquietudes sembradas por las campañas de desprestigio de sus rivales durante la contienda electoral.

           En su Proyecto de Nación se desprenden seis puntos primordiales:

1. estimular la competencia bancaria fomentando la diversidad de actores;

2. crear un fondo de inversión pública y privada;

3. aumentar y diversificar las exportaciones;

4. aplicar una política de cero endeudamiento y de bajar la inflación;

5. incentivar el desarrollo turístico, y

6. apoyar programas universales para detonar el consumo y las economías regionales.

           Puntos que suenan más a metas que planes. Por ejemplo, poco se dice sobre cómo fomentar la diversidad de actores: ¿Sería acaso reduciendo la regulación financiera, y/o liberando las tasas de interés, y/o permitiendo la creación y emisión de nuevos vehículos especulativos, y/o qué? Lo mismo se puede decir acerca de los cinco puntos restantes, son tan solo metas deseadas sin explicar cómo se van a alcanzar.

            Un componente clave de Pejenomics es el plan de austeridad republicana que básicamente descansa sobre la racionalización del gasto, reduciendo el desperdicio y fomentando el ahorro público. De acuerdo con las sofisticadas fórmulas y algoritmos de Pejenomics esto generaría alrededor de 500 mil millones de pesos. Estos recursos generados servirían para financiar proyectos de desarrollo.

            El 16 de septiembre, al inicio de su Gira de Agradecimiento por el país, anunció en Tepic, Nayarit, que a la mejor no habría suficientes recursos para financiar todos los proyectos propuestos, porque el país se encontraba en bancarrota, agregando que si hubiese una crisis económica no sería por culpa del gobierno sino por causas externas o por el mal manejo por parte del Banco de México. Varios economistas quedamos sorprendidos, pues difícilmente se puede considerar a México como un país en bancarrota, contamos con una buena calificación crediticia, seguimos cumpliendo con el pago de nuestras deudas, recibimos más ingresos de exportación que los egresos por importación, nuestro nivel de reservas internacionales es saludable, etc., claro, el nivel de endeudamiento ha crecido rápidamente y los niveles de corrupción se han mantenido al alza pero, estamos lejos de ser un Estado en bancarrota.

           Con tales declaraciones, pienso que nuestro presidente electo se quería curar en salud culpando –antes de tomar posesión­– a terceros de las promesas que no va a poder cumplir por falta de recursos. Es más fácil culpar de la escasez de recursos a la administración saliente, que reconocer que muchas de las promesas de campaña fueron excesivas e irracionales; es más fácil señalar que si se viene una crisis se deberá a factores externos y al mal manejo del Banco Central que reconocer que las políticas de su administración podrían estar equivocadas.

           Semejante declaración sugiere que la relación con el gobernador del Banco de México no es de las mejores. En este escenario de señales cruzadas, se antoja difícil cumplir con uno de los ejes rectores de Pejenomics: respetar la autonomía de Banxico para lograr el equilibrio macroeconómico, y evitar la devaluación e inflación.

           A fin de que la administración de Andrés Manuel mantenga su buena calificación crediticia, tendrá que demostrar, no con palabras sino con hechos cuatro objetivos:

1. mantener una buena relación con Estados Unidos;

2. mantener o mejorar la gobernabilidad del país;

3. mantener la disciplina fiscal y el buen manejo de las empresas públicas en especial de Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad, y

4. lograr crecimientos positivos, sustentables e incluyentes.

           Aquí vale la pena desarrollar dos ejercicios: primero, hacer un diagnóstico de cómo recibe el país Andrés Manuel y, segundo, qué es lo que probablemente va a lograr en el primer año, a la mitad de su gestión y al término de la misma.

           Para empezar, recibe a un país y a una economía, si no en magníficas condiciones, por lo menos no en las pésimas circunstancias que la filosofía de su partido Morena y su programa económico suponen. México está un poco por arriba del promedio de los países latinoamericanos y las economías emergentes.

           En el primer año de gobierno tendremos alcances mixtos, tendiendo a resultados más negativos que positivos por varias razones, entre las cuales destacan los cambios institucionales en las secretarias, y a que muchos de sus colaboradores estarán aprendiendo en el trabajo y su curva de aprendizaje no les permitirá alcanzar los resultados que funcionarios bien preparados lograrían.

           A la mitad del sexenio estaremos viendo un tipo de cambio cercano a los 25 pesos por dólar y tasas de inflación cercanas al 10 por ciento. Las tasas de crecimiento estarán un poco por arriba del crecimiento demográfico, pero por abajo del 2.3 por ciento que hemos visto en promedio en los últimos años. Una constante del sexenio será la presión gubernamental sobre Banxico de promover el crecimiento sacrificando algo de la estabilidad de precios. Al final de su administración veremos una fuerza laboral menos preparada que la que hubiéramos podido lograr si se hubiera respetado la reforma educativa, la cual hubiera permitido maestros más preparados bajo evaluación continua, fomentando su preparación a través de incentivos evaluación-remuneración.

           Se nos viene un mundo en el cual la mayoría de las actividades económicas descansan sobre el mayor conocimiento, conocimientos que son necesarios de infundir en nuestra juventud, pero si se piensa más en los maestros como fuerza política, que en las estudiantes como fuerza económica, no es difícil pronosticar un final de sexenio mediocre.

           Un mal gobierno siempre se quejará de malas condiciones; un gobierno optimista prometerá mejores resultados, y un buen gobierno responderá a las condiciones que se le presenten cuando se le presenten. ¿Qué tipo de gobierno será el de Andrés Manuel López Obrador? ¿Será acaso que en el otoño del 2024 estaremos extrañando a las cinco administraciones anteriores, o que confirmemos con él que fueron 30 años de pésimos resultados?

           ¿Qué pensáis querido lector?