Una bancarrota estabilizada

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Según estudiosos, el británico Charles Lutwidge Dodgson, matemático, lógico y escritor, mejor conocido como Lewis Carroll, inspiró con Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas a leyendas musicales y del arte de la talla de The Beatles, Bob Dylan y Salvador Dalí, pero sobran evidencias de que merece también un sitio en la narrativa económica y política que hace del absurdo la tragedia más feliz, con espacios donde todo aparenta ser y al mismo tiempo aparenta no serlo.

 

Cada vez que un neoliberal abre la boca o arrastra el lápiz, ya como inversor, empresario, especulador o comentarista (o todo junto) para elogiar la tragedia estabilizadora; cada vez que se afirma que las recesiones son tan ineludibles como imprescindibles, pues forman parte de la irracionalidad de los ciclos económicos; cada vez que se habla de estabilidad sobre la miseria de millones y bla, bla, bla, parece que Alicia está asistiendo a esas sesiones de “té insufribles”, donde la falta, no de lógica, sino de sentido común, refleja los dislates de un dogma económico que cree ver cerebros vacíos a su alrededor.

 

Ejemplo: si como consecuencia de todo lo dicho el gobierno federal gasta las mismas cantidades en inversión pública para infraestructura que para pagar el costo financiero de la deuda (comisiones en intereses), como sucedió durante los primeros siete meses de este año, para los neoliberales esto no es ningún naufragio económico, sino acaso “un empate con sabor a derrota”: es doloroso pero necesario.

 

He aquí el “empate” de lo que en la visión de banqueros, empresarios, calificadoras, teólogos, etc., aparenta no serlo, aunque lo sea: según se difundió con base en cifras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en los primeros siete meses del 2018 se destinaron 367 mil 492 millones de pesos en inversión pública en infraestructura, es decir, el 11.4 por ciento del gasto total.

 

Y para cubrir el costo financiero (pago de intereses y comisiones de la deuda pública, duplicada en este sexenio hasta superar los 10 billones de pesos) se canalizaron 364 mil 385 millones de pesos, esto es, 11.3 por ciento del total del gasto.

 

Se trata, pues, de una bancarrota estabilizada, un “empate” con los muy pocos ganadores y millones de perdedores de siempre, los primeros acumulando sólo por acumular (especulación pura junto con usura) y los segundos hundiéndose más con empleos y sus salarios miserables, falta de escuelas, hospitales, clínicas, carreteras y un largo etc., aportando de paso para caprichos sexenales como ese proyecto portuario en el exlago de Texcoco, vía Afores, o amagado con perder parte de sus ahorros por esos turbios negocios de los tecnócratas de Pemex con empresarios mexicanos (un caso el de la empresa Oro Negro, de José Antonio Cañedo White y Gonzalo Gil White, de vena Televisa, que exige el pago de 4 mil millones de pesos por incumplimiento de contratos).

 

Más sobre el “empate estabilizador” y sus “finanzas sólidas”: si en el 2012 el gobierno podía invertir en obra pública el 4.3 por ciento del PIB, durante el 2017 sólo pudo destinar 2.6 por ciento del PIB.

 

         En el 2012, el costo financiero de la deuda fue de 305 mil 119 millones de pesos, mientras que para el cierre del 2017 se aprobó un presupuesto de 572 mil 563 millones de pesos, es decir, aumentó 87.6 por ciento en los últimos cinco años. Con esto no se quiere decir que el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, tenga razón sobre la “bancarrota” de la que habla, y esto porque mañana es capaz de desmentirse y referir que siempre no, que las finanzas están sanas y robustas, como sostuvo hace varias semanas.

 

El caso es que desde el año pasado el costo financiero de la deuda fue mayor a la inversión pública: 572 mil 663 millones de pesos por 520 mil 461 millones de pesos, según el presupuesto aprobado.

 

Ahora, la cantaleta del absurdo lo que aparenta ser por parte del coro neoliberal: no hay tal hundimiento pero el gobierno debe contener el gasto, recortando programas sociales, claro, pero sin dejar de invertir para impulsar el crecimiento, además de pagar hasta el último centavo de los pasivos públicos.

 

         Ante esos disparates y números, lo obligado es preguntar: ¿de dónde va a obtener recursos el nuevo gobierno para financiar proyectos? ¿De Petróleos Mexicanos, sumido en la bancarrota y el saqueo tecnocrático, empresa que dejó de contribuir al presupuesto y, en cambio, desde el año pasado necesita dinero del erario público para no terminar sus días convertido en un muerto detestable? ¿De las Afores, más prestas a la especulación y a cubrir fraudes como el de Oro Negro? Quizás el gobierno entrante estará obligado a apresurar la despenalización de las drogas para recaudar impuestos, así como imponer contribuciones a esos escurridizos de las transacciones financieras (ir contra el dogma tecnócrata del Banco de México y sus gerentes), además de evitar que el no pago o las millonarias devoluciones terminen en alguno de esos paraísos fiscales que tanto gustan a nuestros sufridos inversores.

 

“…Cuando compruebas que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada”. (La filósofa Ayn Rand se refería lapidariamente al papel de la autoridad en un modelo estatista, aunque no tiene desperdicio para nuestro sistema económico y político).