Hace medio siglo, marchando

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Hace cincuenta años, marchando. En silencio. Con un tape en la boca, manifestando así, con tal rabia la ausencia de los compañeros que no estaban, que para esos días habían desaparecidos o estaban pero que no sabíamos cómo más reclamar, cómo más reclamar al Estado que nos los devolviera o nos dijera qué hacer para que, de una u otra manera, el Estado que era dejara de ser: dejara libre a los presos políticos, fin del Estado autoritario, diálogo con los estudiantes, destitución de las autoridades policiacas, que el país fuera otro, en el cual se pudiera exigir la existencia de aquello que creemos hoy el voto nos podrá dar. 50 años nos ha tocado lograrlo, no es poco.

Sí, esa marcha fue histórica, porque llegamos al Zócalo ya noche y luego del mitin marchamos para discutir, las brigadas, el qué hacer los días siguientes, pues no podíamos quedarnos callados, inactivos los siguientes días. La tarea para entonces era la actividad, el hacer, el mantener siempre viva la esperanza, el brigadeo, el trabajo en los comités de lucha, estar, sobre todo, cerca del pueblo, que particularmente ese día, el 13 de septiembre, marchó con nosotros y discutió el qué hacer en el brigadeo de la noche y la mañana siguientes y juntos al día siguiente decidimos qué hacer el día siguiente, para ese día andar por la Merced repartiendo La Voz de México y volanteando con lo que había salido de los mimeógrafos de que disponíamos. ¿Recuerdas, Félix, Benito, Luis, los otros compas de la brigada? Días álgidos de lucha callejera y de trabajo también de escritura en las revistas que me tocaba escribir.

Hoy, cincuenta años después, jubilado, me queda la escritura, el pensamiento álgido sobre saber o no si lo que hice está bien hecho o si es mejor regresar cincuenta años atrás a los años de lucha tremendos de aquel entonces, cuando nos rompíamos la madre en la calle, pero teníamos bien claro qué estábamos haciendo y por qué era por lo que luchábamos: marchábamos de día y de noche sin dudar, sin temer, conscientes siempre de que, la mayoría, estábamos haciendo lo correcto, aunque, como siempre, nunca faltaron los perros de oreja, los traidores y los que se echaban para atrás. Pero también estábamos los que luego de allí seguimos luchando hasta hoy, creyendo que sólo así el país va a ser otro, que no va a haber manera de cambiarlo que no sea con la lucha que nos tocó andar en ella desde los sesenta y de allí en adelante en huelgas, luchas, marchas, Polaco, Lobo, Pablo, Chicali, Benito, Pedro, Armando, todos compas.

Tengo que recordarlo, porque lo de hoy me obliga a hacerlo: a recordar que si no es luchando no vamos a hacer nada; que nada nos va a caer del cielo, si no es que le exigimos que llueva y aramos la tierra para que dé frutos y hacemos que la fábrica produzca para que haya productos para repartir.

Días de hoy y de 50 años atrás. Días de lucha siempre.

 

Las dificultades de gobernar

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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De que cuesta, cuesta, dígalo si no AMLO, quien por estos días, sin ser formalmente aún el presidente en funciones, ha tenido que soportar desde ahora los reclamos de quienes ya ven en él al próximo dirigente del país. Quien sí, ya lo va a ser, pero no lo es aún. Pero todo a su tiempo. Como a su tiempo, y con las pausas que a ellos corresponde, deben hablar sus futuros colaboradores, quienes, como Esteban Moctezuma Barragán, deben medir sus palabras antes de expresarse, como el pasado día 17, cuando dijo que el próximo gobierno estudia la posibilidad de poner de nuevo a funcionar una especie de nueva carrera magisterial para fortalecer así la preparación magisterial al interior del sistema educativo nacional.

¿Habrá leído alguna vez Moctezuma Barragán el daño que hace a la educación los sistemas de escalamiento en la educación sean de la naturaleza que sean (Bordieu)? Y desde luego, a esa calificación tan brutal nunca escapó la carrera magisterial en México, la que controlada en su tiempo indistintamente por los gobiernos estatales y el sindicato magisterial de aquel entonces (Elba Esther) era el más injusto, por corrupto, sistema de escalamiento magisterial que no sirvió para nada a fin de que el sistema educativo nacional mejorara mínimamente sus niveles de desempeño.

Pero ya que menciona como dado a revivir el sistema de escalamiento de la carrera magisterial, más hubiera valido la pena que Esteban Moctezuma Barragán aprovechara el viaje para proponer, sí, el restablecer la rectoría del Estado, como siempre lo quiso hacer pero siempre fracasó en el intento obviamente (¿o no, maestra Alba Martínez Olivé?), el maestro Emilio Chuayffet, sobre todo para que se restablecieran las funciones que a cada actor del sistema educativo le toca desempeñar. Así, por ejemplo de vital importancia sería que el Estado, él solo, fuera el director y responsable del sistema, que el sindicato se limitara sólo a organizar y mantener unidos a los trabajadores en defensa de sus derechos laborales en el interior de sus centros de trabajos y que todos los demás actores de la educación (maestros, directivos, alumnos, empleados administrativos, padres de familia realicen las tareas de gestión que les corresponden al interior de las escuelas). Es cierto, desde tiempo atrás eso no ha podido concretarse (1949) porque el corporativismo copó el funcionamiento del sistema educativo nacional y fue nulificando paulatinamente los grandes logros que el nacionalismo alcanzó después de la Revolución del 17: las misiones culturales, la escuela rural mexicana, las normales rurales, Moisés Sáenz, Rafael Ramírez. Luego del corporativismo que los sindicatos han impuesto al sistema educativo nacional, a la educación del país le ha costado muchísimo trabajo alcanzar rangos de rendimiento más o menos relevantes, ni a nivel interior y mucho menos a nivel mundial.

De manera paralela a como crece el corporativismo y se debilita la escuela pública, es obvio que la educación particular se dispara y desplaza hoy virtualmente a la educación pública, creándose así el verdadero dilema educativo del México contemporáneo.

Es cierto, el neoliberalismo en mucho ha influenciado para que esa situación de la educación en México se mantenga. Por eso, más vale tener cuidado a la hora de hablar de educación en el país, más si se piensa tener la gravísima responsabilidad de ser el principal responsable de esa actividad, los años próximos en el país.

En un camino empedrado, más vale caminar con el huarache bien justo.

 

Justicia e igualdad, cuándo

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Por lo común, cuando uno vive en la pobreza (la mitad de la población de este país), se pregunta siempre cuándo comenzará la bondad, como si ella fuera el maná que se niega a llover del cielo y le quita así, como en el Gorgias, la posibilidad al gobierno de los hombres de tornar a éste en divino. Mostrando de tal forma que la retórica si no palabrería es palabra vana, como palabra vana es también lo que se queda en promesa y nunca alcanza a ser realidad. En ese hacerse realidad, la palabra se desgasta de manera inútil y más vale, como en el Fedón, saber de antemano qué es lo que realmente quiere decir la palabra, que en el caso del gobierno de los hombres es la promesa y que se diferencia sustantivamente de la realidad, porque hay mucha distancia entre verdad y deseo de verdad. Si no lo logramos distinguir nunca seremos invitados al Banquete.

Tratando de cerrar ahora esa distancia que existe entre lo que se prometió y lo que se ha venido concretando, se mantiene el abismo brutal en el país entre ricos y pobres y no se ve cómo ese abismo irá paulatinamente diluyéndose en la medida en que sus orillas se acercan la una hacia la otra, porque ni Urzúa, ni Romo ni Esquivel ni varios de los que manejan en el equipo de AMLO la cuestión del dinero han dicho de qué manera se manejará la riqueza (no en balde somos la 14 economía mundial), vía por ejemplo un justo manejo de las tasas impositivas para que los que mucho tienen mucho aporten y los que menos tienen mucho reciban, para así lograr que la desigualdad disminuya. Eso pronto habría que concretarlo.

No es cosa de que los gobernantes vuelvan de nuevo a leer a Platón (que es cierto, en mucho ayuda), sino sólo de caminar por las calles de este país (con mucho cuidado, eso sí) y darse cuenta de que lastima la pobreza y lastima también, y quizá más, la desigualdad, pues duele mucho que apenas 10 tengan la riqueza de lo que tienen 60 millones de habitantes del país. A eso se le llama desigualdad y eso es lo que realmente duele al hablar con verdad del país en que vivimos. Un país triste, en bancarrota, destrozado, hundido en el abismo de la desigualdad y una miseria extendida.

Dígase, pues, que Platón y sus Diálogos ilustran con claridad para conducirnos de la Retórica a la Sabiduría (y no desprecio para nada a la primera, pero entre forma y fondo me inclino por el segundo) y por ende a la Verdad, por ser un apasionado gramsciano de ella, pues sin ella no hay cambio verdadero y eso, aun, en este país no se vislumbra claramente. Que en el horizonte aparezca esa verdad en hechos concretos, en políticas públicas que ya se pongan en práctica tan luego inicie el nuevo gobierno es urgente y necesario, pues 10 no se cansan (pueden esperar), pero 30 millones tienen muy poco aguante.

Más vale no probarlo.