Adiós Huberto Batis, maestro y amigo

José Sobrevilla
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Horrible escribir con los ojos llorosos, un nudo en la garganta y una angustia de impotencia. Es tan ingrata la muerte tal vez más que la vida cuando nos vemos disminuidos por la edad o agobiados por las enfermedades que conducen a lo inevitable. Cuando lo visitaba, enfermo, golpeado por los años, mordía los labios para soportar la tristeza de verlo así: postrado a su sillón y/o cama, con una enorme manguera oxigenando sus pulmones. De su casa salía con ese dolor inmenso y pensando lo injusto que era el destino. “Pepe, yo creo que ahora, sí me voy”, me dijo en 2017. Huberto, Huberto, siempre Huberto: ¡Cuántos recuerdos tengo de ti que hoy mi cerebro se abruma y se entumecen mis dedos al querer sacarlos ante este impávido teclado!

Cuando Patricia González, su querida y amorosa compañera, me platicó la historia de amor que los unió, ante él como mudo testigo, vi cómo por momentos su mirada se iluminaba. Sí, recordar lo bello alimenta el alma. Él amó a Patricia y ella amorosa, siempre estuvo a su lado, compartiendo todo; principalmente velando siempre su salud hasta el final. Todos guardaremos un pedazo de recuerdo del querido Huberto.

Lo conocí por Gurrea, nuestro director editorial de El Universal Querétaro, quien me recomendó “entrevístalo, está muy enfermo”. Esa entrevista que nos ligó de forma extraña, me la publicó Víctor Roura en cultura de El Financiero (2004-5). Por regla antes de publicar algo, nunca doy mis textos a leer a ningún entrevistado, pero esa ocasión lo puse a consideración de Huberto justo cuando, ese día, una de sus hijas desahuciada por el cáncer, sería desconectada; lo estaba revisando cuando Paty le dijo “Vámonos Huberto, nos queda poco tiempo para llegar”. Le contestó: “Adelántate, y te alcanzo allá”, pero cuando llegó ella ya se había descontectado. “Salí a caminar como autómata alrededor del hospital, me dijo después, ¿Sabes lo que significa para mí la entrevista que me hiciste?”, me dijo.

Después de eso vivimos una amistad donde hablábamos largas horas donde me revelaba aspectos personales de su vida, amigos, noticias, personajes de la cultura y donde agoté baterías completas del teléfono. Cuando, gracias a René Avilés Favila, también fallecido, y el querido Jorge Meléndez (afortunadamente entre nosotros) lo homenajeamos en la UAM-Xochimilco, Huberto me dijo: Y, “¿por qué no grabaste nuestras conversaciones?” Quedé callado. Tenía razón.

Refiere Alejandro Zenker en su post de Facebook que Patricia decía que murió tranquilo, con una sonrisa. Tengo mis reservas porque era difícil para él sonreír ante tanto sufrimiento. Envejecer es algo que no se recomienda a nadie, pero vivir es algo más que existir. Es –para mí– tener valor para enfrentarte y superar tu realidad. Huberto lo hizo. Quiso ser escritor pero descubrió que ayudaba más difundiendo a los nuevos literatos, igual que Roura. A muchos de ellos les valió madres, y aunque se voltearan, él siempre los siguió apoyando. Eran los que no tenían dónde ser leídos; los acallados por los “grandes consagrados”.

Cuando a mi maestro Fernando Benítez, hace varios años, lo iban a operar, al llegar al salón de clase, en la UNAM, encontré varias cámaras, tal vez del 22 o de Canal 11, quienes grabarían la clase porque podría ser la última. Al pasar al frente a entregarle un trabajo le dije susurrante: “¡Ni se le ocurra morirse!”. Volteó y me vio sin saber qué decir. Afortunadamente Benítez duró todavía varios años. Lo rememoro porque con Huberto poco hablé de la muerte. Los temas recurrentes fueron corrupción en la cultura, la narcocultura y temas referentes a mafias culturales. Por ejemplo Octavio Paz, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, el propio Rubén Bonifaz Nuño con quien simpatizaba porque lo puso a trabajar en la imprenta de la UNAM. En fin. Se fue un grande de la cultura con quien viví el abandono social a la gente de la tercera edad. Muchos que lloraron y hablaron de su partida no sabían siquiera que estaba enfermo. #LaIngrataVida.

Las tentaciones de Huberto

 

Grabado inédito de mi amigo Eko, hecho especialmente para este texto.