Pesos y contrapesos del próximo gobierno

* Los medios de comunicación independientes son muy importantes para indicar los efectos negativos de las políticas públicas * El acuerdo con empresarios sobre el primer empleo para los jóvenes huele a filantropía * La propuesta de descentralizar la administración pública federal debe ser profundamente evaluada: José del Tronco

Genaro Rodríguez Navarrete
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José del Tronco, politólogo, profesor-investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), sede México, pondera que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un político pragmático capaz de construir acuerdos en la diferencia y que en el proceso de toma de decisiones, la mayoría alcanzada por su Movimiento Regeneración Nacional (Morena) en el Congreso, será factor determinante para sacar adelante el proyecto de país que propone.

“Durante 20 años México vivió la condición de gobiernos divididos; es decir, un partido controlando el Poder Ejecutivo y muchas otras agrupaciones impidiendo la mayoría del bloque gobernante en el Congreso”, explica.

“Hoy en día vemos la posibilidad, por primera vez desde 1997, de que un solo partido pueda sacar adelante su agenda, sin la necesidad de negociaciones costosas ni que impliquen mucho tiempo, al contar con los votos para ello.

“Llega al poder un partido cuya agenda representa un cambio significativo en términos de la orientación de las políticas públicas. Fundamentalmente de políticas que tiene que ver con derechos educativos, salud y empleo; bajo la apelación de Primero los pobres.

“De concretarse un cambio radical en la orientación de las políticas públicas, se requerirán nuevas leyes que Morena podrá lograr porque tendrá los votos.

“Sin embargo, dos motivos podrían poner en duda la capacidad de rendir cuentas del próximo gobierno: primero, el supuesto carácter autoritario del candidato ganador, con lo que yo no coincido necesariamente y, lo segundo, una condición que vendría a reforzar los rasgos presidencialistas del régimen mexicano por la mayoría que obtiene la coalición encabezada por Morena en ambas cámaras del Congreso”.

José del Tronco Paganelli (Argentina) es doctor en Ciencia Política por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha sido investigador invitado en la Universidad de Salamanca. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus líneas de trabajo comprenden temas como gobernanza, políticas públicas, regímenes políticos y comportamiento ciudadano en América Latina.

¿Qué instancias reales de rendición de cuentas o control de gestión encontrará el nuevo gobierno?

Se diría que la oposición institucionalizada en alguna medida en el Congreso; pero dado que ésta no tendrá los votos suficientes, su capacidad de limitar las decisiones será menor.

Por otro lado está la sociedad civil dispersa y esperanzada con el triunfo de López Obrador. Se convertiría en una instancia de rendición de cuentas sí y solo sí las políticas afectaran negativamente sus intereses. En la medida en que el nuevo gobierno favoreciera una ampliación de derechos políticos, sociales, humanos, no esperaríamos que la sociedad civil fuera un dique de contención de las políticas o proyectos gubernamentales.

En tercer lugar quedan los medios de comunicación independientes que siempre son muy importantes, no sólo para indicar los efectos negativos de las políticas, sino también para cuestionar los modos de hacer política.

¿Qué otros actores podrían fungir de contrapesos al poder?

Los empresarios como actores claramente identificables y que ya han tenido acercamientos con el virtual candidato ganador. Ellos sí podrían representar una instancia de control o contención de políticas con un fuerte ánimo redistributivo.

López Obrador ganó con la consigna del cambio. El cambio supone una transformación de todo aquello que no se está haciendo bien. Por ejemplo, en el ámbito de lo económico tiene que ver con la calidad del empleo, derechos laborales de los trabajadores, capacidad de acceder a bienes, servicios educativos y de salud; no solo gratuitos, sino de calidad. Podría ocurrir que modificar el statu quo sea beneficioso para muchas personas; pero perjudicial para otras. Es decir, si se intenta mejorar el salario mínimo, aumentar los derechos laborales, hacer más costoso el despido de trabajadores, etcétera; hay sectores como el empresarial que no se van a ver beneficiados. Advierto aquí un dilema en la capacidad de llevar adelante la agenda reformista de AMLO. Políticamente esto representa un descontento de sectores que no se sienten institucionalmente representados y que; sin embargo, tienen fuerte capacidad de negociación e incidencia en el proceso de toma de decisiones.

Durante la campaña hubo roces entre López Obrador y algunos empresarios. Ahora parece que ya limaron las asperezas y hasta han alcanzado un acuerdo inicial.

El primer acuerdo de AMLO con los empresarios por un monto de 110 mil millones de pesos, que va a poner el gobierno para financiar el primer empleo de los jóvenes. Por supuesto que es necesario subvencionar el empleo de los jóvenes y ampliar las oportunidades, pero ¿son los ciudadanos quienes lo tienen que hacer con sus impuestos o debería ser una corresponsabilidad entre los empresarios y el Estado? Lo pregunto porque el beneficio derivado del primer empleo de los jóvenes se lo van a quedar los empresarios. Huele a filantropía, a caridad, donde usted pone el dinero y nosotros le damos la posibilidad de que los jóvenes se entrenen y obtengan experiencia laboral. Pero esa experiencia laboral, que tiene beneficios para los jóvenes enrolados en este programa, también conlleva utilidades para las empresas.

AMLO es un político pragmático. Necesita ganar margen de maniobra. Toda la que tiene institucionalmente en el Congreso necesita reforzarla con los poderes fácticos. ¿Quiénes son los poderes fácticos? Actores muy poderosos con capacidad de desestabilización que miran de reojo el triunfo de Morena. Saben que dicha agenda reformista puede tocar sus intereses. Por lo tanto, el mensaje como el de los empresarios es: “mira, nosotros no queremos desestabilizar, aunque tenemos el poder de hacerlo, mejor nos sentamos y acordamos, por qué no negociamos”. Negociar es construir acuerdos donde hay diferencias. Es la definición clásica de la negociación. Construir acuerdos implica que los dos cedamos a favor de que el otro pueda parcialmente cumplir sus objetivos. Parcialmente el gobierno cumple sus objetivos al brindar un programa de capacitación y adquisición de experiencia para los jóvenes, y también pone el dinero. ¿Qué ceden los empresarios? ¿Cuál es su inversión? ¿Qué aportan? Eso no lo tengo claro. ¿Qué reciben a cambio? La posibilidad de contratar los mejores perfiles derivados de este programa.

¿En toda negociación las partes podrían conseguir beneficios?

Las dos partes obtienen cosas; pero una cede más que la otra. Quien cede más es el bando menos poderoso en la negociación. Hoy en día el polo menos poderoso en la negociación es el candidato que acaba de ganar las elecciones.

Hay que analizar los bemoles que tienen este tipo de negociaciones. La gobernabilidad es algo positivo. Hay que tenerla. El tema son los costos. ¿Qué tanto estamos dispuestos a ceder de nuestra agenda?

Es importante mantener la esperanza respecto del cambio que este gobierno pueda representar para México. No dejar de poner el acento en aquellas cosas necesarias porque finalmente se trata de contribuir todos a un mejor gobierno para México. En política se trata de construir acuerdos donde hay diferencias. Se pueden dar acuerdos más costosos; pero más valiosos. En algunos hay que ceder más, en otros menos. Lo importante es no perder el rumbo del cambio. Cuando se cede mucho y además está obligado a cambiar el rumbo debe preguntarse legítimamente si vale la pena asumir ese costo.

AMLO llega con muy altas expectativas de cambio…

En las democracias, el nivel de las expectativas está relacionado con el nivel de la decepción. Y cuanto más alto sube, más duele el golpe al caer. Subir son las expectativas; la caída es la decepción. Yo esperaría que el nuevo gobierno electo dé los pasos necesarios para que la esperanza, legitimidad y expectativas puedan sostenerse. No sólo porque eso le conviene al nuevo presidente, sino porque la sociedad está empezando a creer masivamente en un proyecto. El gobierno debe dar señales de que empieza a transitar por el camino prometido y que la sociedad acompañe críticamente la ruta. Al final del día, un proyecto de nación no se hace sólo desde el gobierno, también a través de los esfuerzos de la sociedad civil organizada.

Yo esperaría también dos cosas: que la gente tuviera paciencia y que el gobierno siga nutriendo ese estado de ánimo a partir de buenas señales.

En la medida que no dé buenas señales debe argumentar por qué, cuáles son los obstáculos por lo que no se puede hacer lo que se dijo y qué alternativa mejor se considera. El problema que hemos tenido a lo largo del tiempo es que nos decían que se haría una cosa; pero en realidad se hacía otra y nadie nos explicaba por qué.

¿Qué otro factor podría eventualmente descarrilar la consolidación democrática?

En un libro de Scott Mainwaring y Aníbal Pérez-Liñán titulado Democracies and Dictatorships in Latin America: Emergence, Survival and Fall, los autores analizan las condiciones que explican la caída de los gobiernos democráticos en la región durante todo el siglo XX y principios del XXI. Y la condición más relevante que encuentran es la polarización de los gobiernos, no de la oposición. Esto ocurre cuando el gobierno se radicaliza. Tomando en cuenta esta evidencia científica se podría decir, qué bueno que AMLO no se radicalice. Qué bueno que intente construir acuerdos en las diferencias. Qué bueno que intente mostrarse como alguien que no va a sacar su agenda a como dé lugar volteando obstáculos que se le impongan por el camino. Lo importante es saber cuál es el costo de la negociación, en términos cuantitativos. Y en términos cualitativos, conocer en qué medida, construir acuerdos en la diferencia, me obliga a cambiar el rumbo o ajustar mis objetivos. Ahí es necesario pensar si es necesario asumir ese costo.

¿Cómo se observa este proceso que México experimenta desde la perspectiva latinoamericana?

Con esperanza, en general, sobre todo, desde las fuerzas progresistas de América Latina. En redes sociales ha habido mucho apoyo. En términos geopolíticos, el panorama es positivo para la región en general. Cuando la legitimidad es tan alta, en cualquier país del mundo, hay buenas intenciones para empezar a establecer relaciones de colaboración porque se sabe que el nuevo gobierno tiene la capacidad de impulsar su propia agenda. 

¿Cuál es su opinión sobre la violencia irrefrenable que se manifiesta en prácticamente toda la geografía mexicana?

Tiene que ver con territorios donde la autoridad estatal está cuestionada y reemplazada por actores con capacidad de imponer cierto orden. Hace 20 años Guillermo O´Donnell decía una cosa bien interesante: “uno de los problemas en América Latina es que la democracia debe imponerse sobre territorios donde las autoridades muchas veces no tiene presencia real, material ni funcional”. Lo que debería hacerse en México son mapas que permitan la presencia material y funcional del Estado en todo el territorio nacional. Con la presencia del Estado no sólo pienso en fuerzas de seguridad pública, en el Ejército y la Marina; sino también en las diversas agencias que lo integran. Hay que recuperar el territorio de México. Un territorio inmenso. Por ello, la propuesta de AMLO de descentralizar la administración pública federal debe ser profundamente evaluada. Que puede tener enormes costos; pero efectos muy positivos a largo plazo para el desarrollo económico de las comunidades porque es presencia territorial, funcional y material, al generar expectativas de trabajo, educación y salud. Crear polos de desarrollo alrededor de las secretarías de Estado asentadas en las diferentes regiones sería lo ideal. Claro, no todo lo puede hacer el Estado; pero ubicadas estratégicamente las diferentes dependencias, como parece venir el plan de descentralización, podrían tener efectos positivos.