Carta magna de veras nueva

Moisés Edwin Barreda
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Durante lo que va de post revolución, la Suprema Corte de Justicia ha sido testigo de piedra de las casi mil reformas a la mayoría del articulado de la Constitución vigente, cuya mayoría nos retrotrae a las nefastas condiciones del pueblo en tiempos de porfirismo.

Y aunque garante de la observancia y el respeto a la Carta Magna actual, jamás se opuso ni de chiste a una sola de las casi mil reformas a la inmensa mayoría de sus 136 artículos, hechas de 1917 a 2018 por la pridictadura a través (sí, a través) de iniciativas y decretos del Ejecutivo y decretos de las cámaras y las comisiones permanentes del Congreso de la Unión. Mañosa manera de evitar violarla o se le acusara de hacerlo. Que se sepa, nadie antes lo hizo jamás.

Como he dicho veces antes, necesitamos nueva Constitución, de veras nueva, que sea revisión y actualización de los artículos de la de 1857 y unos cuantos originales de la de 1917, la que en términos generales fue producto de los debates a la carrera de pocos de los más de 200 diputados, la mayoría de “dedazo” seleccionados a priori de elecciones de acuerdo a las ambiciones e intereses personales de Carranza.

Carranza, “oportunista en el escenario de la historia mexicana” y realmente dictador indiscutido e indiscutible dadas las circunstancias y que cada quien llevaba agua a su molino, sobre todo Álvaro Obregón Salido, gran traidor a la patria, les fijó sólo dos meses para debatir los 136 artículos del proyecto redactado por grupo de sus incondicionales, como Luis Cabrera y Félix Fulgencio Palavicini. Todo esto lo narra E. V. Niemeyer hijo en su libro Revolución en Querétaro.

Ese volumen es de los que hacen ver que la Revolución mexicana fue mito y lo único real fue la sangre derramada por cientos de miles de campesinos, cuyos ideales de tierra y libertad que Ricardo Flores Magón y sus leales supieron despertar, fueron traicionados, primero por Francisco I. Madero y luego por los beneficiarios de su asesinato.

Revolución en Querétaro fue reeditado por el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México a instancias de su entonces presidente, Edgar Elías Azar, cargo del que fue defenestrado. Atisbo que la reedición de ese libro fue lo único que la pridictadura no le perdonó.

Siempre que salía a colación la necesidad de aplicar las reformas constitucionales precisas para hacer realidad la revolución social, Carranza las rechazaba, sobre todo las que siempre preconizó Ricardo Flores Magón con algunos de sus leales como eco.

Pero el grupo de generales revolucionarios constituyentes encabezados por José Francisco Múgica Rodríguez y Heriberto Jara, excolaboradores del verdadero prócer de la revolución, se impusieron y en el nuevo ordenamiento plasmaron las principales propuestas que el prócer hizo bandera del Partido Liberal Mexicano, que Ricardo Flores Magón fundó al lado de verdaderos liberales de la época para fundamentar que sumara las armas a sus llamados a la revolución.

Carranza aceptó la incorporación de esas propuestas, los artículos 3°, 27 y 123 particularmente, también porque le convenía conseguir buen ánimo popular para sus campañas contra Emiliano Zapata y Francisco Villa, que hicieron armas contra Francisco I. Madero por traicionar su propio Plan de San Luis Potosí y a los que lo siguieron. Carranza y su sicario Álvaro Obregón Salido –con su secuaz Plutarco Elías Calles– les temían y los combatían, pues encarnaban a los líderes de los centenares de miles de campesinos que buscaban democracia y justicia social, empleados como carne de cañón. Los atrajeron a las filas del Ejército constitucionalista con el señuelo de que así contribuirían a hacer realidad sus ideales, sobre todo tierra y libertad.

          Finalmente y hasta la fecha, fueron traicionados cínicamente por quienes pusieron el pie veterano de la hoy pridictadura, a la que derrocamos el pasado primero de julio, justamente el mismo mes en que el pueblo francés ganó la calle y tomó el oprobioso presidio la Bastilla para derrocar a sus opresores y expoliadores. Es necesario redactar nueva Constitución, realmente nueva, que haga honor a los liberales progenitores de la Constitución de 1857, verdaderos patriotas.