¿Es el liberalismo el causante de los triunfos populistas?

Luis Emiliano Gutiérrez Poucel
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La mayoría de los analistas concuerdan en que la sociedad occidental se encuentra en una encrucijada: descontento creciente con los gobiernos liberales y fortalecimiento de los movimientos populistas de oposición, tanto de derecha como de izquierda. Los críticos del liberalismo citan varias razones, entre ellas:

1) Algunos consideran que las políticas económicas liberales son la causa de la concentración de la riqueza y del estancamiento de las clases medias;

2) Otros arguyen que 60 años de individualismo radical y de meritocracias económicas crearon una sociedad dividida, resentida y descontenta.

3) Otros más aseguran que las principales fallas fueron los principios fundamentales del liberalismo, en donde el concepto de libertad individual se hizo prevalecer sobre los valores religiosos, familiares, comunitarios y sociales.

Esta nota pretende examinar someramente en que cosas acertó y en cuáles falló el liberalismo, así como revisar si estamos viendo el final del liberalismo como forma de expresión político-económica.

Empecemos, el liberalismo ha sido una de las doctrinas más exitosas de los últimos 400 años y está basada en la libertad individual, la iniciativa privada, la igualdad ante la ley, la no intervención del Estado y los poderes públicos en la vida social, económica y cultural. El liberalismo ha tenido manifestaciones filosóficas, sociales, culturales, políticas y económicas. El inglés John Locke fue el primer pensador en desarrollar la filosofía liberal en el siglo XVII, incluido el derecho a la propiedad privada y al consentimiento de los gobernados.

Hoy en día, el concepto de liberalismo es una noción canasta “catch all” que recoge diversas corrientes de esta doctrina. Sin embargo, hay una manifestación predominante de liberalismo: cuando la gente habla de liberalismo generalmente se refieren al liberalismo político-económico. Un partido político es liberal o neoliberal cuando propone el modelo liberal para la economía, o sea, una economía de mercado fundamentada en el libre funcionamiento de los mercados, la libre competencia, la libertad de movimiento, el libre comercio, la propiedad privada, la no intervención estatal en los mercados y un mínimo de regulación. Generalmente el modelo económico liberal se da en las democracias, lo que algunos han llamado el “capitalismo democrático”, donde el sector privado controla los mercados, hay responsabilidad fiscal y un ethos liberal que promueve el pluralismo.

En la esfera político-económica, en un extremo está el liberalismo tradicional o clásico generalmente asociado a Thomas Hobbes y John Locke, y en el otro está el liberalismo social demócrata asociado a las ideas democráticas que los estadunidenses popularizaron con su American Way of Life, y la filosofía política del Partido Demócrata. El liberalismo clásico celebra el libre mercado, los gobiernos representativos, la no intervención y un mínimo de regulaciones estatales, mientras que el liberalismo demócrata celebra los derechos civiles y un mayor número de regulaciones en favor de los menos favorecidos por el sistema.

Lo que une al pensamiento liberal en sus diferentes manifestaciones es la noción de que las cosas estarán mejor en un ambiente de libertad, en donde el individuo pueda tomar sus decisiones en libertad, elegir libremente a sus gobernantes y disfrutar su propiedad privada adquirida por su trabajo e ingenio. Esta idea se basa en los tres derechos naturales de John Locke: vida, libertad y propiedad privada.

Vale la pena mencionar que, desde su concepción, el liberalismo ha tenido muchos logros, en especial al término de la Guerra Fría, trayendo importantes beneficios, tales como: a) el afianzamiento de los regímenes democráticos y la libertad de expresión, b) el derecho al voto de las mujeres, c) la tolerancia social a la diversidad, d) el crecimiento económico continuado y sustentado en la libre decisión de millones de individuos, e) la disminución de la pobreza de cientos de millones de personas gracias a la globalización, etcétera. Sus logros no están a debate, lo que está bajo la lupa al momento son sus fracasos, las fallas que han llevado al fortalecimiento de los movimientos populistas y autocráticos.

El marco liberal en la esfera económico-política se expresa con relación a los derechos individuales y económicos con base en: la autonomía personal, el gobierno representativo, la libre circulación de bienes y personas, el libre desarrollo tecnológico, la economía de mercado y un mínimo de regulaciones.

Sin embargo, sus críticos consideran que la supuesta igualdad de oportunidades ha producido una meritocracia, y que la supuesta democracia ha degenerado en un teatro del absurdo en donde los votos no van para los mejores sino para los políticos que más prometen. En el campo económico, la riqueza ha sido acaparada de manera creciente por los líderes corporativos y los dueños del capital, convirtiendo al resto de la gente en consumidores esclavos de sus propios deseos. En el campo político, los votantes han terminado por convertirse en borregos que buscan la gratificación instantánea más que el crecimiento individual y social. Finalmente, los avances tecnológicos han venido reduciendo implacablemente los espacios laborales al trabajo sin sentido.

Dentro de los principales críticos de liberalismo, destaca el profesor de la Universidad de Yale, Patrick Dennen –quien escribió el popular libro Por qué fracasó el liberalismo (Why Liberalism Failed)– después de calificar al liberalismo “como la idea más exitosa de los últimos 400 años” procede a explicar porque el liberalismo fracasó. Dennen sostiene que la democracia liberal traicionó sus promesas, tales como:

* promover la igualdad, pero creó mayor desigualdad y una nueva aristocracia;

* dar a la gente mayor control sobre el gobierno, pero alienó a la mayoría de la gente contra el gobierno;

* promover la libertad, pero relegó a los individuos a consumidores prisioneros de sus apetitos.

El liberalismo, dice Dennen, en la búsqueda por la satisfacción individual y la satisfacción personal, promovió el egoísmo desmedido sacrificando los valores morales, espirituales, religiosos, familiares y comunitarios. Pero, hay una falacia en la argumentación de Dennen, puesto que se refiere al liberalismo como un todo, siendo que hay diferentes expresiones: no todos los liberalismos son culpables, hay uno en particular que es responsable, el liberalismo político-económico.

La crisis financiera del 2008 probablemente fue el detonador de la crisis del modelo económico liberal; la crisis del 2008 fue mayor y más profunda que la crisis de 1929. Los salarios reales en Inglaterra todavía se encuentran por debajo de los niveles anteriores a la crisis, el PIB per cápita de varios países europeos se encuentra por debajo de los niveles precrisis, y el PIB total de Grecia está casi 25% por debajo del nivel precrisis.

Las clases medias y los pobres cargaron con el mayor costo de la crisis, mientras que los ricos sufrieron poco; o sea, las ganancias se privatizaron y las pérdidas se socializaron. Probablemente dicha crisis y el desempleo que causó fue el catalizador específico que promovió el enojo de los votantes hacia las políticas adoptadas por los partidos tradicionales.

En efecto, la importancia de las economías democráticas y liberales en el contexto mundial se ha venido debilitando. De acuerdo con Bloomberg Economics, en el grupo G20 (las 20 economías de mayor tamaño), los países democráticos con economías de mercado sólo contribuyeron en 2017 con el 32% del PIB, lo que contrasta con el 83% que aportaban en 2007, un año antes de la crisis financiera. En el mismo periodo, la contribución al PIB de los países con regímenes populistas aumentó del 4% en 2007 al 41% en 2017. Esta tendencia se sigue fortaleciendo, sobre todo ahora que Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones presidenciales en México.

Acompañando a los mercados libres y al libre comercio, la globalización dio lugar al nacimiento de los súper poderes privados, como Google, Facebook, Amazon, Airbnb, Uber, etcétera. Poderes privados tan globales y tan transnacionales que son omnipresentes, están en todos lados sin presencia física en ninguno. Por ejemplo, durante 2014, Facebook pagó solo 4.237 libras de impuesto en el Reino Unido, o sea, menos de lo que cotiza un trabajador, mientras que repartía suculentos bonos a sus directivos.

Mientras todo esto venía sucediendo, se estaba produciendo el fenómeno de la visibilidad global en donde los pobres por primera vez podían ver cómo vivían los ricos y los súper ricos, lo que no era posible hasta el advenimiento de la revolución tecnológica en las comunicaciones e internet. Antes, el pobre en su choza no tenía ni idea de cómo vivía el rico en su castillo y a la inversa. Este fenómeno de la visibilidad alimentó y sigue alimentando el resentimiento y el enojo social. Mucha gente, no solamente en México, sino en otros países empezó a pensar que el liberalismo económico había generado una nueva oligarquía, una tecnocracia o meritocracia basada en el dinero, los privilegios, la corrupción y la impunidad.

Nada más hay que pensar, querido lector, que cerca de 2 mil jets y helicópteros privados transportaron al Foro Económico Mundial de Davos en Suiza a líderes empresariales, financieros y de gobiernos para analizar los principales retos y oportunidades geopolíticas, económicas y sociales en el mundo; o sea, los principales beneficiarios de la creciente desigualdad son quienes están decidiendo el rumbo de la economía internacional para los próximos años.

La principal respuesta política al fracaso del liberalismo ha sido el fortalecimiento del populismo nacionalista y proteccionista, ya sea de derecha o izquierda. Es una respuesta antiliberal y antidemocrática siempre y cuando fortalece la intervención gubernamental en los mercados, y la separación horizontal (dentro del país) y vertical (entre los países) de “ellos contra nosotros”.

Dani Rodrik, destacado economista de Harvard, nos dice en su libro La paradoja de la globalización que debemos elegir dos de entre tres conceptos: globalización económica, democracia política o soberanía nacional, puesto que no es posible tener los tres simultáneamente. A esta premisa se le denomina el trilema de Rodrik. De tal manera que podemos aspirar a:

1) Tener hiper-globalización y soberanía bajo una élite tecnócrata, olvidándonos de la democracia, o

2) Tener hiper-globalización y democracia bajo un gobierno mundial, olvidándonos de la soberanía nacional, o

3) Mantener nuestra democracia y soberanía bajo un gobierno mayoritario, olvidándonos de los beneficios de la globalización, sin integrarnos al mundo y encerrados en nuestra autarquía.

El planteamiento de Rodrik en el terreno político y económico es realmente sugerente. Manifestaciones del trilema lo vemos en el manejo proteccionista y nacionalista de Estados Unidos bajo la administración Trump, también en el llamado Brexit de Gran Bretaña, en el movimiento independentista de Cataluña, y en diversos gobiernos populistas y autoritarios, Rusia, China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela y ahora en México.

El trilema de Rodrik no es determinista, solamente provocativo de la necesidad de encontrar un equilibrio inteligente y sostenible entre la integración económica con el resto del mundo, la soberanía nacional y el respeto a las preferencias de la sociedad… ni más ni menos.

¿En realidad falló el liberalismo?

Creo que ésta es la pregunta clave. Pienso, querido lector, que el liberalismo como economía política no falló, quienes fracasaron fueron aquellos que se decían liberales pero que lo dejaron de ser tan pronto llegaron al poder desde la oposición al poder absolutista, a la dictadura de Estado, al Estado socialista, y a los gobiernos estatizantes e intervencionistas. Estos políticos pseudo liberales –frecuentemente llamados neoliberales– que, una vez en el poder, trataron de justificar su permanencia fortaleciéndose política y económicamente a través de medidas conducentes a la concentración de la riqueza en favor de ellos y sus simpatizantes.

Estos neoliberales o pseudo liberales que dejaron de ser oposición para convertirse en el poder institucional y político, que siguieron enarbolando las banderas de la democracia y la economía de mercado, al abandonar la búsqueda de lo que probablemente era lo más importante de la filosofía liberal, la eliminación continua de los viejos males sociales y los nuevos males que vinieran apareciendo, uno de los cuales era la constante depauperización de los trabajadores y los grupos marginales.

Las políticas económicas liberales permitieron a los países crecer, si no a las tasas a las que hubieran podido crecer, por lo menos tuvieron un crecimiento positivo que permitía que se siguieran creando empleos y fortaleciendo las clases medias. El problema es que ese liberalismo dejó de serlo en el momento que esos políticos neoliberales trataron de sesgar los beneficios económicos en su favor, a favor de –como dice nuestro ilustrado presidente electo, Andrés Manuel López Obrador– la mafia en el poder. En otras palabras, los neoliberales dejaron de ser liberales al constituirse en gobierno y abandonar la filosofía política basada en que “el individuo tiene el derecho de decidir sobre las cuestiones importantes acerca de su propia vida, pero no puede violar ese mismo derecho de otros.”

La legítima preocupación de la gente para evitar los males sociales, como continuar favoreciendo a los grandes capitales, líderes corporativos y a aquellos cercanos al poder, se refleja en el fortalecimiento de los movimientos de oposición tradicionales como el socialismo y el populismo, que cuando llegan al poder son seguidos por grupos de oposición liberal o neoliberal. En efecto, cada reforma trae su contrarreforma, cada revolución trae su contrarrevolución, cada ideología trae su contra ideología, y cada gobierno liberal genera su oposición antiliberal.

A mi manera de ver, ninguna filosofía política, social y económica es mala en sí, lo que sucede es que deja de ser buena en el momento que abandona el principio fundamental de servir al mayor número de personas, o sea, cuando claudica en la búsqueda del objetivo de buscar la igualdad de oportunidades, no la de distribuir democráticamente la pobreza, sino de dar acceso al mayor número de gente a la abundancia.

Cabe parafrasear al economista italiano Vilfredo Pareto: “Buscar aquellas medidas que beneficien al mayor número de personas, encontrando soluciones en las cuales aquellos que ganan pueden compensar a los que pierden y aún estar ambos grupos en mejor situación que antes del cambio”. Lo que ha pasado con estos gobiernos, ya sean socialistas, intervencionistas, o neoliberales, es que la compensación a los que pierden nunca se lleva a cabo.

Ahora que los liberales son oposición, requieren aprender de sus errores, tienen que ser autocríticos. Requieren la pasión del liberal para alcanzar nuevamente la responsabilidad de dirigir los destinos del país; el antiliberalismo es el mejor incentivo para lograr un buen liberalismo.

Parafraseando –lejanamente– a Winston Churchill, “el liberalismo tiene muchos problemas, es fácilmente secuestrado por los corruptos o los políticos sin escrúpulos, ha contribuido a la desigualdad, pero pese de todo, el liberalismo sigue siendo el mejor modelo económico-político que tenemos.”

Ahora, ¿qué piensas tú querido lector?