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La hueva
o flojera
Eduardo
López Betancourt
elb@servidor.unam.mx
Este
artículo lo escribo en honor a mi maestro Modesto Sánchez,
cuyas enseñanzas las practico cada día, y a
quien mantengo en lo más alto de mis buenos y gratos
recuerdos.
El maestro Modesto Sánchez me impartió sociología
en la notable y ejemplar Escuela Normal Superior. Gustaba
de improvisar sus clases; bueno, eso decía él,
en realidad las preparaba con sumo cuidado y talento, algo
innato en tan inolvidable docente; sin embargo, nos hacía
creer a sus alumnos que era así al sugerirnos el tema;
por lo que cotidianamente se tocaban asuntos torales sobre
la sociedad; de tal suerte, que nos mantenía boquiabiertos;
sin pretender exagerar, sus lecciones eran dignas de Sócrates;
cuando hablaba se escuchaba el volar de una mosca.
Bien, el caso es que en una ocasión el egregio mentor,
como ya apunté era habitual, preguntó de qué
queríamos conversar, contestando un compañero
de esos infaltables, atrevido, pero sobre todo exhibicionista,
quien en tono sarcástico y con ánimo de incomodarlo
espetó: "de la hueva maestro". Sin inmutarse
lo más mínimo, don Modesto le respondió:
"me parece un tópico excelente, más en
esta hora que padecemos". En efecto, la clase del maestro
Sánchez era a las 16:00 horas, horario inevitablemente
cansado si tomamos en cuenta que la mayoría del grupo
eran profesores de primaria, con un hartazgo matutino que
los agotaba sensiblemente.
Volviendo a la clase, el maestro Modesto nos dijo: "hablaremos
pues de la hueva, empecemos por su connotación, la
cual tiene varias aristas; amén de ser sinónimo
de flojera, también tiene que ver con la complacencia
o rigidez de los testículos; para muchos es una religión,
en otros una constante y los más, la padecemos de vez
en cuando; asimismo, hay quien hace de ella su postura ante
la vida, inclusive la esgrimen como causa de sus fracasos,
derrotas o carencia de argumentos en una discusión;
independientemente de que muchos abusan; lo cierto es que
practicar la hueva de vez en cuando es ineludible; por ejemplo,
la placentera y genuina pereza dominguera, donde se opta por
no pararse, no bañarse ni rasurarse; en síntesis,
entregarse a esa abundante e irreflexiva filosofía
del me vale madre.
"Lo que sí, a pesar de ejecutar con toda perfección
la hueva, se tiene que cumplir con dos básicos ejercicios
fisiológicos; uno, orinar, el cual en la medida de
lo posible se contiene hasta el arrebato o la imprudencia;
el otro, el grato placer de defecar, sobre todo cuando se
tiene un retrete cómodo, con anexo bibliotecario o
de perdida un revistero.
"La hueva tiene ritmo, todo un proceso; se debe mantener
la modorra, dormitar por momentos; pero también, con
evidente desconsuelo abrir a media luz los ojos y sin desprenderse
de la pijama, aventurarse en la cocina para probar alimentos
ligeros y, si hay suficientes fuerzas prepararse un café
o un yogurt, tal vez algún jugo de esos envasados,
que generalmente saben a químico, para después
volver al aposento con singular entrega; es momento de mirar
al techo, quizá prender la televisión, pero
sin prestar atención a ningún programa, sólo
aprovechando el reflejo para medio hipnotizarse, o sea, literalmente
buscar soñar despierto; así, de manera realmente
heroica, mantenerse el mayor tiempo posible en la cama; claro,
hasta que los intestinos empiezan a protestar, exigen cual
obreros sus derechos, al extremo que hacen causa común
con la salivación, por lo tanto, es el momento de ingerir
alimentos, si son enlatados mejor, así no hay que esforzarse
demasiado para no quemar energías.
"Quizá para entonces ya estemos sobre las 16 o
17 horas del domingo; una vez con el alimento indispensable,
mas no abundante, se debe regresar a la cama y ahí,
con gran convicción, esperar entre bostezos los sueños
momentáneos, alguno que otro ronquido; ello hasta el
lunes, cuando ya se vuelve a una amarga pero indispensable
rutina. Es el momento de decir con estricta seriedad, que
hemos practicado la hueva, misma que tal vez al final nos
ayuda a ser mejores, hasta productivos y en ocasiones diligentes.
De esta forma, ejercitar la hueva de vez en cuando, resulta
necesario para una buena vida; lo grave es que hay individuos
que la practican todos los días, jamás se apartan
de ella, piensan y trabajan con ella; en síntesis,
la viven intensamente".
Así terminó aquél admirable preceptor,
una clase esplendorosa sobre la "hueva"; obviamente,
he intentado resumir lo que con su talento nos señaló
en noventa minutos, al extremo que le pedimos una segunda
parte, la cual por desgracia no se dio.
Hoy el maestro Modesto Sánchez vive en todos y cada
uno sus discípulos. Seguro como estoy, fue enemigo
de la "hueva". Yo también trato de alejarme
de ella, aunque a veces caigo en sus redes. ¿Quién
no??
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