Marzo de 2010
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La hueva o flojera

Eduardo López Betancourt
elb@servidor.unam.mx

Este artículo lo escribo en honor a mi maestro Modesto Sánchez, cuyas enseñanzas las practico cada día, y a quien mantengo en lo más alto de mis buenos y gratos recuerdos.
El maestro Modesto Sánchez me impartió sociología en la notable y ejemplar Escuela Normal Superior. Gustaba de improvisar sus clases; bueno, eso decía él, en realidad las preparaba con sumo cuidado y talento, algo innato en tan inolvidable docente; sin embargo, nos hacía creer a sus alumnos que era así al sugerirnos el tema; por lo que cotidianamente se tocaban asuntos torales sobre la sociedad; de tal suerte, que nos mantenía boquiabiertos; sin pretender exagerar, sus lecciones eran dignas de Sócrates; cuando hablaba se escuchaba el volar de una mosca.
Bien, el caso es que en una ocasión el egregio mentor, como ya apunté era habitual, preguntó de qué queríamos conversar, contestando un compañero de esos infaltables, atrevido, pero sobre todo exhibicionista, quien en tono sarcástico y con ánimo de incomodarlo espetó: "de la hueva maestro". Sin inmutarse lo más mínimo, don Modesto le respondió: "me parece un tópico excelente, más en esta hora que padecemos". En efecto, la clase del maestro Sánchez era a las 16:00 horas, horario inevitablemente cansado si tomamos en cuenta que la mayoría del grupo eran profesores de primaria, con un hartazgo matutino que los agotaba sensiblemente.
Volviendo a la clase, el maestro Modesto nos dijo: "hablaremos pues de la hueva, empecemos por su connotación, la cual tiene varias aristas; amén de ser sinónimo de flojera, también tiene que ver con la complacencia o rigidez de los testículos; para muchos es una religión, en otros una constante y los más, la padecemos de vez en cuando; asimismo, hay quien hace de ella su postura ante la vida, inclusive la esgrimen como causa de sus fracasos, derrotas o carencia de argumentos en una discusión; independientemente de que muchos abusan; lo cierto es que practicar la hueva de vez en cuando es ineludible; por ejemplo, la placentera y genuina pereza dominguera, donde se opta por no pararse, no bañarse ni rasurarse; en síntesis, entregarse a esa abundante e irreflexiva filosofía del me vale madre.
"Lo que sí, a pesar de ejecutar con toda perfección la hueva, se tiene que cumplir con dos básicos ejercicios fisiológicos; uno, orinar, el cual en la medida de lo posible se contiene hasta el arrebato o la imprudencia; el otro, el grato placer de defecar, sobre todo cuando se tiene un retrete cómodo, con anexo bibliotecario o de perdida un revistero.
"La hueva tiene ritmo, todo un proceso; se debe mantener la modorra, dormitar por momentos; pero también, con evidente desconsuelo abrir a media luz los ojos y sin desprenderse de la pijama, aventurarse en la cocina para probar alimentos ligeros y, si hay suficientes fuerzas prepararse un café o un yogurt, tal vez algún jugo de esos envasados, que generalmente saben a químico, para después volver al aposento con singular entrega; es momento de mirar al techo, quizá prender la televisión, pero sin prestar atención a ningún programa, sólo aprovechando el reflejo para medio hipnotizarse, o sea, literalmente buscar soñar despierto; así, de manera realmente heroica, mantenerse el mayor tiempo posible en la cama; claro, hasta que los intestinos empiezan a protestar, exigen cual obreros sus derechos, al extremo que hacen causa común con la salivación, por lo tanto, es el momento de ingerir alimentos, si son enlatados mejor, así no hay que esforzarse demasiado para no quemar energías.
"Quizá para entonces ya estemos sobre las 16 o 17 horas del domingo; una vez con el alimento indispensable, mas no abundante, se debe regresar a la cama y ahí, con gran convicción, esperar entre bostezos los sueños momentáneos, alguno que otro ronquido; ello hasta el lunes, cuando ya se vuelve a una amarga pero indispensable rutina. Es el momento de decir con estricta seriedad, que hemos practicado la hueva, misma que tal vez al final nos ayuda a ser mejores, hasta productivos y en ocasiones diligentes. De esta forma, ejercitar la hueva de vez en cuando, resulta necesario para una buena vida; lo grave es que hay individuos que la practican todos los días, jamás se apartan de ella, piensan y trabajan con ella; en síntesis, la viven intensamente".
Así terminó aquél admirable preceptor, una clase esplendorosa sobre la "hueva"; obviamente, he intentado resumir lo que con su talento nos señaló en noventa minutos, al extremo que le pedimos una segunda parte, la cual por desgracia no se dio.
Hoy el maestro Modesto Sánchez vive en todos y cada uno sus discípulos. Seguro como estoy, fue enemigo de la "hueva". Yo también trato de alejarme de ella, aunque a veces caigo en sus redes. ¿Quién no??

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