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Julieta
de los espíritus
Forumenlinea
presenta en exclusiva el cuento de la escritora María
Luisa Erreguerena Albaitero, distinguidos ambos, autora y
texto, con el Premio Nacional de Cuento Fantástico
y de Ciencia Ficción 2008, en Puebla de los Ángeles,
Puebla, el pasado 18 de noviembre. Lo hacemos con la autorización
de la autora.
María
Luisa Erreguerena
marialuisaerre@hotmail.com
Julieta
se detiene en el mirador de la terraza. Observa, en el páramo,
como se levanta un polvo triste. Un apenas gris que se arrastra
de un lado a otro hasta topar con los muros que parecen haberse
construido sin objetivo.
Se conserva el olor de la lluvia sobre la tierra agotada,
una humedad que da frío y un sabor a terrón
agrio, nada más.
Antes, el páramo debió ser un jardín
pero no queda ni un pequeño rastro de verde. Es pardo,
a veces amarillento, sobre el piso de un negro desteñido.
El silencio parece saciado de su propia voz; nada lo altera.
El viento, en cambio, a ratos grita con el encono de un niño
hambriento.
Está en la terraza del hotel Versalles. Julieta es
propietaria, por decirlo así, de una habitación.
Tiene la llave y dentro se siente segura.
El pasado no le pertenece. Recuerda, entre bruma, el trabajo
que realizaba; escribía para un periódico. Las
caras de su marido y de su hijo se pierden en manchas borrosas.
Puede recuperar la imagen de su casa. Parece más una
ilustración de cuento de hadas que algo real: una cocina,
una sala, una recámara. Suspira por un sillón
en el que le gustaba sentarse a ver noticias en la televisión.
Ahora ya no hay noticias ni televisiones.
Julieta suspira. Toma un guijarro, lo deja caer en el páramo,
escucha un chasquido. Le parece que así, como ese leve
ruido, se inició todo.
Recuerda cuando veía las noticias. En un principio
aparecían en la pantalla imágenes de un glaciar
que se descongelaba pero, decían, no había de
qué preocuparse porque estaba muy lejos, porque no
se podía predecir, porque no era inminente. Lo aseguraban
las caras sonrientes de los gobernantes y de inmediato añadían
que su preocupación se centraba en la ley antitabaco
o en la hora en que debían cerrar los bares.
Más allá de la estupidez de las autoridades,
reflexionaba Julieta, cada día las noticias eran más
alarmantes. De cualquier forma, no se podía hacer algo
ante la magnitud de la amenaza.
Llegaron las lluvias. Llovió con furia, con rencor,
con nostalgia, con hartazgo, hasta que el agua invadió
el mundo: se rompieron las presas, los ríos corrieron
desbocados saliéndose de madre, se enfureció
el mar con violentos maremotos.
Al principio las autoridades construían refugios, almacenes
y hacían promesas. Después, nada fue suficiente.
Mientras terminaba el deshielo del glaciar las autoridades
dejaron de sonreír, de prometer y de almacenar; emigraron.
La huida era urgente aunque nadie sabía a dónde.
Julieta desea recuperar, en su memoria, los rostros de su
esposo y de su hijo. Piensa en ellos. Intenta entender cómo
era el sonido de su cercanía, la calidez de sus preguntas,
la certeza de sus arrebatos, el sabor de su complicidad. No
puede. No sabe en dónde están.
Una angustia en forma de dolor en la nuca se le clava con
la fuerza de la sombra de un castillo en medio de un valle
lleno de luz. Suspira tratando de limpiar los malos presagios,
no lo logra.
Durante la segunda inundación recibió un golpe
en la cabeza, perdió el sentido, la corriente de agua
la arrastró. No se explica cómo sobrevivió.
Vuelve a observar al polvo levantarse, su ir y venir sin sentido.
Un escalofrío le recorre el cuerpo al presentir el
olor agrio de la nueva era. Tal vez por la mezcla de viento
y silencio tiene nauseas y tiembla al sentir el aire gélido.
Es el mismo frío que tuvo al despertar; se encontraba
en medio de una pila de cuerpos sin vida: hombres y mujeres
en una promiscuidad tardía, ratas, perros y hasta un
caballo que llamó su atención. Dentro de ese
horror lo que se preguntó fue de dónde habría
salido aquel caballo, después, rió por lo patético
de su pensamiento.
Caminó por entre ruinas, junto a figuras humanas, sombras
que se movían a su alrededor. Las llamó las
sombras porque la atemorizaban. Se movían sin ver,
ni oír, sin reaccionar. A ratos, sin embargo, clavaban
su mirada como en espera de que ocurriera algo, un milagro
tal vez, y Julieta no podía adivinar qué podría
ser.
Llegó a la que había sido su casa. El lodo invitado
por la lluvia al secarse, se levantaba en forma de piedras
terrosas edificando un muro de varios metros. Además,
el agua se empecinaba en no abandonar los espacios conquistados.
Los edificios se mantenían erguidos, indiferentes a
la desgracia. Las calles, inmutables. Los vehículos
detenidos, en espera involuntaria. La penumbra y el silencio
no alcanzaban para mantener la cordura.
Las sombras se desconocían entre sí.
Julieta se acercó a preguntar a un joven primero y
después a una mujer pero no le respondieron.
Cansada, entró a un edificio de cristal: el hotel Versalles.
Tomó la llave del mostrador de la recepción
como si hubiera sido un cliente habitual; una princesa europea
o una emigrante rusa.
Encontró un almacén de alimentos. Eligió
una bolsa de carne seca, varias manzanas y botellas de agua.
Buscó en las puertas de las habitaciones el número
del llavero. Al abrir la puerta tuvo un sobresalto. Mientras
todo en la calle traducía destrucción aquí,
estaba intacto, como si nada hubiera sucedido.
Intentó comer la carne pero no pudo, su garganta se
negaba a pasarla. Dio unos tragos al agua antes de percibir
lo sedienta que estaba. Apenas se recostó se quedó
dormida.
Pasaron semanas; dormía, bajaba por comida, volvía
a subir, y volvía a dormir. Sin embargo, en algún
momento, despertó ya sin sueño, casi sin recuerdos.
He perdido el espíritu, se dijo.
Se sentó en el mirador; se sorprendió del ocaso.
El sol bajó con lentitud, majestuoso, hasta el horizonte,
ahí, se entretuvo en tejer colores tenues primero,
violentos después. Julieta lo observa sorprendida y
escuchaba esa música que movía al universo.
El espíritu todavía estaba ahí.
Recorrió habitaciones en busca de ropa limpia. En un
armario encontró pantalones un poco grandes para ella,
una camiseta llena de colores y unas botas cómodas.
No evitó reírse al sorprender su imagen en el
espejo: parezco preparada para ir a un concierto de rock,
pensó.
Salió a caminar. En las calles algunas personas intentaban
hablar entre sí; recuperar su pertenencia a la humanidad.
Se organizaban en un esfuerzo por sobrevivir.
Sin embargo, como primera tarea los vivos se empeñaron
en enterrar a los muertos. Hacían fosas, colocaban
los cadáveres y los cubrían, sin hablar.
Julieta tomó una pala, la hundió en la tierra
con furia, como una venganza efímera, una y otra vez,
hasta que se sintió exhausta. Repitió la venganza
durante muchos días. A ratos se iba a dormir, o a comer,
o a observar el páramo.
En una ocasión, en el camino a su descanso, conoció
a Max, un viejo con el que volvió a saborear la sorpresa
de una conversación.
Te llamarás Julieta de los espíritus, le anunció
él asegurándose de que el nombre que llevaba
antes, el de aquella que había sido, quedara atrás.
En homenaje a Fellini, añadió Max, omitiendo
mencionar, intencionalmente, que la primera Julieta era una
buscadora de espíritus ante la adversidad. Una heroína
trágica que de todas formas fracasaría.
Pasaron los días, terminaron de enterrar los cuerpos
que el agua había olvidado. Privada de su venganza
Julieta, se sumaba a algún trabajo necesario, como
clasificar ropa o medicinas y, después se reunía
con Max para hablar.
Las palabras de las preguntas y las respuestas sorprendían
a Julieta con un sabor redescubierto; explotaban en colores
con la armonía de lo recuperado.
Max era ingeniero. Construyó un radio de onda larga
y así supieron que en otros lugares se encontraban
en sus mismas condiciones.
No sobrevivía el mundo de antes y el nuevo, el que
estaba emergiendo, era diferente: El dinero ya no servía,
nadie lo utilizaba y una ciudad que tuvo millones de habitantes
se conformaba ahora con unos cientos.
Cada uno se preocupaba por sí mismo, tomaba lo que
por derecho de sobreviviente le pertenecía. Nadie resguardaba.
Muchos espacios, como el hotel, resultaban habitables y era
fácil encontrar almacenes de ropa, comida o agua que
alcanzarían para mucho tiempo.
Del Estado no quedaba nada, ninguna cara sonriente para preocuparse
de los fumadores o de los desvelados en los bares; de las
familias, si acaso, algunos recuerdos.
Las sombras, al terminar el día, se reunían
en clanes que iban y venían sin saber a dónde
dirigirse. Se encuentran por la noche, aseguraba Julieta,
para ocultar las miradas de espanto que guarda cada una y
que quizás ninguna quiere compartir.
Para Julieta lo único que escaseaba eran las palabras.
Los encuentros que antes se hubieran festejado con palabras
entrañables ahora se apuntalaban, apenas, con monosílabos.
Nadie contaba su historia, parecía como si no se tuviera
qué decir.
Si olvidamos el pasado, le decía Julieta a Max, será
como si nunca hubiera existido. ¿Lo olvidaremos?
Una mañana Julieta se encontraba en el mirador y llamó
su atención un edificio de piedra que, con su elegancia,
parecía resistirse a la inauguración del nuevo
mundo.
Caminó hasta él. La puerta cedió con
facilidad. Encontró una sala espaciosa rodeada de estantes
llenos de libros. Palabras y palabras guardadas, pensó
Julieta, desde el principio de la historia del otro mundo.
Examinó los libros: Shakespeare, Dostoievski, Rimbaud,
Borges
tuvo la certeza de encontrarse en una biblioteca
bien dotada. Hizo un paquete con libros y regresó al
hotel.
Mientras leía le pareció recuperar un equipaje
perdido: la descripción de la belleza, los sentimientos,
las pasiones, las esperanzas. Como si se encontrara, sintió
Julieta, en un acantilado con un barco seguro, siempre dispuesto
a partir, y le garantizara su inminente regreso.
Pasaron varios días en que apenas tenía tiempo
de dormir o comer. Volvía a la biblioteca, sacaba libros
con un temor innombrado de que algo fuera a pasarles. Los
escondía en la cava del hotel. Brillante reunión,
pensaba con humor, libros y vinos no es mala mezcla.
Max ideó una puerta corrediza que, confundida con la
pared, no era fácil de identificar y un mecanismo para
abrirla desde fuera. Será nuestra cueva de Ali Baba
y los dos ladrones, señaló sonriendo.
En sus caminatas, Julieta, veía a clanes emigrar llevándose
lo que podían, otros dedicados a la rapiña por
el puro gusto de robar a los sobrevivientes y algunos más,
mataban porque sí, dejando cadáveres a su paso.
Encontró a un grupo que levantaban molinos de viento
para construir una planta de luz. Otro grupo recuperó
un hospital; reunieron medicamentos y doctores aunque casi
no asistían pacientes. Los débiles y viejos
habían muerto.
Yo soy el profeta, anunciaban iluminados en las calles, lo
que nos sucedió fue un castigo divino por nuestros
pecados.
Como castigo divino, pensó Julieta, destruían
lo que apenas nacía: los molinos de viento o el hospital.
Julieta está en el mirador. Desde ahí puede
ver como las sombras queman libros. Apenas adivina
las palabras que gritan pero, sin duda, repiten lo que escucharon
de sus profetas: pecado, pecado.
Sacan los libros de la biblioteca y los queman en hogueras,
representan un aquelarre en el que, quizás, llaman
a la presencia divina. Improvisan una danza. Se reúnen
más sombras que con gritos de salvajes anuncian
el fin del pecado.
Julieta está en el mirador, escucha sus voces y los
observa en su triste baile. El olor a papel quemado sube hasta
ella con la furia suficiente para obligarla a sostenerse del
barandal. Sabe que el aire gélido no sólo se
originó en el deshielo.
Julieta se resigna con un suspiro. Se incorpora. Su lejanía
con las sombras le alcanza para presentir el futuro.
No quiere imaginarlo. Habrá que esconder las ideas,
las palabras, los libros.
Entonces, solo entonces, es que Julieta llora por lo que se
ha perdido.
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