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¡Adelante
México!
Eduardo
Ibarra Aguirre: Miro con avidez los noticieros con tal de
saber del desarrollo del "virus", y tras la locución
informativa, siempre pasan imágenes que me sobrecogen
porque siempre, siempre son de construcción, y nunca
de lamento; son imágenes que perfilan con acierto la
verdadera naturaleza del mexicano, que siempre alza la vista
hacia el día que viene, y nunca repara en el día
que pasó.
Me sobrecoge y me emociona, sí un tanto, por el hecho
de que la patria mexicana tiene un sitio especial en mi corazón,
y otro tanto por la admiración que despierta en mi
persona esa facilidad que ustedes tienen para reconstruir
lo destruido, para recomponer, en una mínima fracción
de tiempo, aquello que parecía hallarse en perpetua
descomposición.
Es algo así como el síndrome de Penélope,
que desteje y vuelve a tejer con pasmosa facilidad, sin apenas
acusar el daño y la pérdida. Resulta sorprendente
ver cómo México entero se levanta, se pone en
pie tras la cruel amenaza de ser y parecer el mismísimo
foco de una pandemia de incalculables consecuencias, que,
más bien parece tener tintes de maniobra de distracción
y operación de marketing en toda regla, diseñada
para atemorizar al personal. Ya sabemos todos, que, desde
antiguo, la inesperada inoculación del miedo en el
grueso de la población, ha sido la mejor y más
disimulada forma de represión que se haya podido inventar.
La estrategia del miedo paraliza cual marabunta de hormigas
que se engullen todo cuanto encuentran a su paso; inclusive
el discernimiento y la individual reflexión. Es necesario
apearse del miedo para lograr tomar distancia Y ver y apercibir
el hecho en todo su conjunto, no solamente un sector intencionado
del mismo.
Pero resulta que los mexicanos son gente que hacen de la resistencia
su bandera; son esa clase de personas a los que sobra más
de la mitad de la baranda, para anclarse bien con ambos brazos
a la proa del barco, y no salir volando por mucho que la tramontana
azote y sacuda con saña virulentamente toda la embarcación.
México se amarra y resiste, y una vez capeado el temporal,
se recompone cual ave Fénix, y sale fortalecido de
la ventolera, mostrando una dignidad susceptible de las más
altas loas.
Si la grandeza del espíritu fuese una sustancia,
se llamaría México.
Ana
Isabel Sanz González
Valladolid, España.
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