Junio de 2009
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¡Adelante México!

Eduardo Ibarra Aguirre: Miro con avidez los noticieros con tal de saber del desarrollo del "virus", y tras la locución informativa, siempre pasan imágenes que me sobrecogen porque siempre, siempre son de construcción, y nunca de lamento; son imágenes que perfilan con acierto la verdadera naturaleza del mexicano, que siempre alza la vista hacia el día que viene, y nunca repara en el día que pasó.
Me sobrecoge y me emociona, sí un tanto, por el hecho de que la patria mexicana tiene un sitio especial en mi corazón, y otro tanto por la admiración que despierta en mi persona esa facilidad que ustedes tienen para reconstruir lo destruido, para recomponer, en una mínima fracción de tiempo, aquello que parecía hallarse en perpetua descomposición.
Es algo así como el síndrome de Penélope, que desteje y vuelve a tejer con pasmosa facilidad, sin apenas acusar el daño y la pérdida. Resulta sorprendente ver cómo México entero se levanta, se pone en pie tras la cruel amenaza de ser y parecer el mismísimo foco de una pandemia de incalculables consecuencias, que, más bien parece tener tintes de maniobra de distracción y operación de marketing en toda regla, diseñada para atemorizar al personal. Ya sabemos todos, que, desde antiguo, la inesperada inoculación del miedo en el grueso de la población, ha sido la mejor y más disimulada forma de represión que se haya podido inventar. La estrategia del miedo paraliza cual marabunta de hormigas que se engullen todo cuanto encuentran a su paso; inclusive el discernimiento y la individual reflexión. Es necesario apearse del miedo para lograr tomar distancia Y ver y apercibir el hecho en todo su conjunto, no solamente un sector intencionado del mismo.
Pero resulta que los mexicanos son gente que hacen de la resistencia su bandera; son esa clase de personas a los que sobra más de la mitad de la baranda, para anclarse bien con ambos brazos a la proa del barco, y no salir volando por mucho que la tramontana azote y sacuda con saña virulentamente toda la embarcación.
México se amarra y resiste, y una vez capeado el temporal, se recompone cual ave Fénix, y sale fortalecido de la ventolera, mostrando una dignidad susceptible de las más altas loas.
Si la grandeza del espíritu fuese una sustancia, se llamaría México.

Ana Isabel Sanz González
Valladolid, España.

 
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