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Legalización
de las drogas
Eduardo
López Betancourt
elb@servidor.unam.mx
En
el tema del tráfico de sustancias psicoactivas debe
quedar claro: el problema no son las drogas en sí mismas,
sino su comercio ilícito, la violencia y los daños
que se generan como consecuencia del contexto antijurídico
en que una decisión política obtusa las ha colocado.
De ahí que la cruzada sustentada en el lema: guerra
contra las drogas, y su objetivo último de acabar
por completo con ellas, son una gran equivocación.
Por supuesto, debe enfrentarse el narcotráfico, pero
no con la fuerza militar en extremo; se exige una postura
inteligente, mesurada, que use el derecho no para aumentar
el arrebato, sino para contrarrestarlo.
De manera evidente, se requiere fomentar una cultura donde
exista la aceptación de vivir en un mundo con narcóticos.
No se trata de un planteamiento novedoso, no se está
descubriendo el hilo negro; es la afirmación de un
hecho real, de una verdad que resulta irrefutable racionalmente.
Quienes afirman la posibilidad de erradicar por completo de
la faz de la Tierra el "terrible monstruo" de las
drogas, adolecen o de una profunda y lamentable ignorancia,
o su visión de lo que les rodea está nublada
por la intolerancia, mostrándose cercanos a posiciones
fundamentalistas.
Lo anterior no se señala de forma aislada; son muchas
las voces que han asumido la necesidad de hacer a un lado
posturas ortodoxas, principalmente para reflexionar y brindar
salidas adecuadas. Sin embargo, es predominante aún
por desgracia, entre quienes tienen el poder, la visión
falaz y quimérica que con la política de prohibición,
llevada a los extremos de militarización y mano dura,
sin importar el costo que esto represente, se logrará
la erradicación total de la venta ilegal y uso de enervantes.
Por donde se analice, ello no es aceptable, ni siquiera como
metáfora; más allá de su imposibilidad
fáctica, lo que denota es un marcado ánimo totalitario,
una concepción arbitraria de la política y de
la vida social.
Los barbitúricos han existido a lo largo de la historia
del ser humano y continuarán entre nosotros; es una
herramienta que el hombre ha utilizado y seguirá empleando
para alterar su conciencia con distintos fines; verbigracia,
dentro de contextos religiosos, festivos, rituales; asimismo
por simple placer y gozo individual o para fines terapéuticos,
e inclusive como escape a una realidad amarga donde imperan
la iniquidad, el abuso del poder, la explotación del
hombre por el hombre, y una absurda amén de destructiva
separación de la naturaleza.
Se dice que las drogas provocan adicción, que destruyen
vidas, las cuales en lugar de integrarse a la mecánica
social, a la lucha del día a día, se pierden
en un abismo, cuyo único fin posible es la cárcel,
la locura o la muerte. Sin duda, el Estado debe impedir que
se dé tal circunstancia, empero nunca a través
de la represión ni la fuerza, sino encausando sus esfuerzos
en el rubro de la enseñanza; sólo así
se podrá prevenir y evitar el uso irresponsable de
alucinógenos.
En base al respeto del libre albedrío, existe un derecho
personal a consumir estupefacientes, y el Estado no puede
prohibir a los ciudadanos que lo ejerzan, aunque sea de forma
velada, como en el absurdo jurídico donde se dice que
el consumo no está penado, pero sí la producción
y distribución.
Lo que deben hacer las autoridades, su responsabilidad es
evitar que la decisión voluntaria del consumo cause
daños a terceros; ello ni por asomo se da con la prohibición,
misma que afecta a todo individuo; en especial a los consumidores,
quienes para ejercer su derecho a drogarse deben entrar al
submundo del comercio clandestino. Si de por sí el
tráfico ilícito conlleva violencia, explotación
y falta de respeto a la dignidad humana, a ello el gobierno
ha agregado militarización y violaciones sistemáticas
a los derechos humanos, quedando la sociedad atrapada entre
dos fuegos.
Es necesario cambiar el paradigma, a todas luces errado; resulta
preponderante no olvidar el tema de la educación. En
nombre de proteger a nuestros hijos del letal vicio, cualquier
atropello parece estar justificado; no obstante, sólo
podrán estar a salvo de las drogas cuando puedan decidir
libremente sobre ellas, aceptando su existencia, conociendo
su naturaleza y efectos; nunca como sucede hoy, pretender
alejarlos de éstas por medio del fomento de prejuicios
y de una cultura del temor.
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