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No hay
libertad de expresión
Eduardo
López Betancourt
elb@servidor.unam.mx
Felipe
Calderón es a todas luces un presidente a la vieja
usanza priísta, le molesta la crítica, gobierna
con sus "cuates", aunque éstos sean una caterva
de mandrias; peor aún, gusta de proteger a entes innobles
para pagar facturas de arreglos vergonzantes.
Recientemente, el primer mandatario mexicano asistió,
en una de sus constantes travesías turísticas
al extranjero con el apoyo del presupuesto federal, a la Universidad
de Harvard; ignoramos si fue visita privada, o si realizó
en ese lugar alguna actividad oficial; lo cierto es que llamó
a esa institución su alma mater, donde sin duda
aprendió a honrar y servir a los gringos.
Bien se sabe, Calderón es afecto a los viajes, obvio,
mientras él no los pague. Como buen neopriísta
acostumbra hablar de todo y por todo; así lo hizo el
pasado 30 de mayo en un acto obcecado y ridículo. Resulta
que el "jefe purépecha" decidió trasladar
del Ángel de la Independencia al Castillo de Chapultepec
los restos de los héroes patrios, entre otros, de Miguel
Hidalgo, Ignacio Allende y José María Morelos;
es más, dice que investigará si corresponden
tales restos a los próceres mexicanos, como si ello
ayudara en algo a aliviar la dramática situación
que vivimos o fuese conveniente; es innegable, las acciones
exhibicionistas e insulsas han sido la característica
del hombre de Los Pinos.
El caso es que Calderón pronunció un discurso
con palabras entrecortadas, se desconocen los motivos; ahí
dijo: "En México, en mi gobierno, hay libertad
de opinión". Sin embargo, la cruda realidad es
otra; lo que afirma don Felipe, en nuestra República
es una quimera, los medios de comunicación en su mayoría
cierran las puertas a voces independientes; la televisión,
radio y prensa escrita aztecas sólo permiten voces
de los amigos e incondicionales, acordes con la comparsa oficial.
Respecto a lo anterior, mi amigo Nino Canún lamenta
que no me dejen trabajar con él en la radio, simplemente
estoy vetado por decisión de la Secretaria de Gobernación.
De forma análoga, no puedo escribir en algunos periódicos,
particularmente de la cadena de los Soles y Nuevo
Excélsior, de las cuales son dueños unos
impresentables alpargateros españoles.
La libertad de expresión en la República no
existe, hay control del Estado, aun en la publicidad, como
testigo está un periodista honesto y de convicciones
cimentadas, Eduardo Ibarra Aguirre. En México, en el
gobierno de Calderón, son nulas las posibilidades de
crítica, quien se atreve a intentarlo es víctima
de persecuciones e inclusive está ante la posibilidad
real de ser privado de la vida.
También señaló Calderón que en
México "se puede elegir". Nada más
falso, aquí sólo es factible votar por los candidatos
de los partidos políticos fieles al gobierno, ya que
hablar del PRI, PAN o PRD es referirnos a "la misma gata,
sólo que revolcada"; en ocasiones tratan de aparentar
rivalidad, pero en el fondo es pura pantomima.
Pasamos por momentos críticos, lo que se dice no se
cumple. Por cierto, como colofón a su discurso, Calderón
repitió lo que dijo Morelos: "Morir es nada cuando
por la patria se muere
". Esto debe entenderse como
un planteamiento temerario por parte del michoacano, hecho
digno de analizarse; ¿acaso Calderón está
dispuesto al sacrificio personal? Ello es mucho decir y no
es precisamente lo mejor; morir no debe ser la finalidad del
estadista, por el contrario, debe tratar de vivir para lograr
que sus ideas germinen.
Para nadie es secreto, México hoy por hoy no es tierra
de libertades, estamos ante un militarismo atroz, violatorio
de lo que dicta la Constitución Política. Hace
poco fui a dar una conferencia a La Paz, Baja California,
y es en verdad impactante ver los aeropuertos tomados por
el Ejército; mi esposa y yo al bajar del avión,
fuimos revisados hasta las uñas por milites abusivos,
cobardes "mata niños y estudiantes". Es en
suma indigno vivir bajo el mando de militaroides, quienes
con cara de malhechores, con lentes oscuros, sudando incultura
y prepotencia, están prestos para masacrar sin miramientos
a una indefensa población.
Algún día, y en eso formulamos votos, tendremos
un gobierno incluyente, ajeno a intereses creados, y más
aún personales; por ahora vivimos una auténtica
ley de la selva, donde son cotidianos el canibalismo, la descalificación
e ignorancia presente en todas sus formas. Atravesamos por
una época oscura, carente de objetivos, donde los riesgos
de perder nuestra dignidad, patriotismo, identidad y vida
son latentes.
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