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El país
de todos tan temido
Sergio
Gómez Montero
gomeboka@yahoo.com.mx
Mi
país, señores, es el país de las maravillas:
Tiene una
magnífica historia del caos. Una historia escrita en
letras
de molde, doradas y llenas de sangre. Una historia que los
pobres llevan clavada en sus espaldas desde hace siglos.
C. Mejía: Mi país.
En
memoria de José Saramago
(De
hecho, este artículo debiera estar dedicado todo a
él. Un hombre bueno, pero sobre todo inteligente y
comprometido con su tiempo. Pero ocasión habrá
para decir todo lo que se pueda sobre la trascendencia de
José Saramago. Que descanse en paz el maestro).
Ensenada,
Baja California. Hace un poco más de treinta
años Jorge Carrión, gran escritor y buen amigo,
escribió una novela llena de enseñanzas: El
infierno de todos tan temido. Es obvio que parafraseando
ese título, llamo así a mi artículo de
hoy para hacer referencia al caos absurdo y brutal que predomina
en el país. Un país en el cual la vida cotidiana
se asume como un marcador de futbol en donde uno se entera
de cuántos muertos se han sucedido como resultado de
la violencia que todo lo arrasa y lo destruye como en el libro
de relatos de Wells Tower que acabo de leer. ¿Tiene
explicación posible esa violencia?
Si los verdaderos análisis de ella no mienten, como
mienten los defensores oficiosos del gobierno que sólo
construyen galimatías al respecto, hoy la violencia
desatada en nuestro agobiado país es resultado de una
finalidad específica y concreta: allanarle el camino
a un determinado grupo de narcotraficantes para que él
sea el que hegemonice el tráfico de estupefacientes,
algo que el Mayo Zambada expresó en la entrevista
concedida a Julio Scherer y que publicó (¿toda?)
la revista Proceso y que quiere decir que todas las
fuerzas policiacas y militares hoy desplegadas operan para
favorecer esa estrategia (me pregunto: ¿todo el Ejército
y la Armada sabrán que ésa es la estrategia
del gobierno y que ellos están involucrados en ella?)
De allí entonces que sí, hay dos bandos en pugna.
Por un lado los miembros del grupo del Chapo Guzmán
y las fuerzas del gobierno y por el otro todos los grupos
criminales del país que se oponen a que la actual estrategia
del gobierno se imponga a nivel nacional.
Como hasta hoy no ha sido sencillo imponer esa línea,
pues ella rompe con las dinámicas con que tradicionalmente
ha operado dicho narcotráfico hasta épocas recientes,
suena remoto, por tanto, el que la violencia se llegue a erradicar
y menos aún es posible que la contraviolencia del Estado
logre imponerse para sacar adelante la estrategia mencionada.
Puede, sí, que nadie dentro del Estado -que es diferente
a gobierno- se haya puesto a diseñar una estrategia
diferente, como afirma Carlos Navarrete (hoy al servicio abierto
del espurio Calderón). Pero ello no es sino resultado
de que a nadie dentro del Estado le interesa diseñar
otra estrategia. Con la actual todos salen ganando: los grupos
empresariales y financieros, que de maneras múltiples
se ven beneficiados; los grupos políticos de todos
los signos y siglas, que con la venta de favores (tipo Fernández
en Nuevo León) obtienen ganancias adicionales, y sin
duda militares y policías, que reciben prebendas y
cuotas ilícitas de los grupos a los cuales les toca
proteger. Un negocio redondo, pues, para el Estado, que así
cambia radicalmente su vocación: de ser un Estado con
vocación protectora de los grupos más desamparados
de la sociedad, y que ahora pasa a ser un verdadero mafioso
y protector de los intereses más oscuros de la sociedad.
Frente a esta nueva violencia institucional, a los ciudadanos
comunes y corrientes no nos queda sino esperar nunca tener
mala suerte en un retén (que un soldado dormido piense
que no hiciste el alto o que te confunda con un narco)
o estar en el lugar y tiempo equivocados en un fuego cruzado.
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