Julio de 2010
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El país de todos tan temido

Sergio Gómez Montero
gomeboka@yahoo.com.mx

Mi país, señores, es el país de las maravillas: Tiene una
magnífica historia del caos. Una historia escrita en letras
de molde, doradas y llenas de sangre. Una historia que los
pobres llevan clavada en sus espaldas desde hace siglos.
C. Mejía: Mi país.

En memoria de José Saramago

(De hecho, este artículo debiera estar dedicado todo a él. Un hombre bueno, pero sobre todo inteligente y comprometido con su tiempo. Pero ocasión habrá para decir todo lo que se pueda sobre la trascendencia de José Saramago. Que descanse en paz el maestro).

Ensenada, Baja California.— Hace un poco más de treinta años Jorge Carrión, gran escritor y buen amigo, escribió una novela llena de enseñanzas: El infierno de todos tan temido. Es obvio que parafraseando ese título, llamo así a mi artículo de hoy para hacer referencia al caos absurdo y brutal que predomina en el país. Un país en el cual la vida cotidiana se asume como un marcador de futbol en donde uno se entera de cuántos muertos se han sucedido como resultado de la violencia que todo lo arrasa y lo destruye como en el libro de relatos de Wells Tower que acabo de leer. ¿Tiene explicación posible esa violencia?
Si los verdaderos análisis de ella no mienten, como mienten los defensores oficiosos del gobierno que sólo construyen galimatías al respecto, hoy la violencia desatada en nuestro agobiado país es resultado de una finalidad específica y concreta: allanarle el camino a un determinado grupo de narcotraficantes para que él sea el que hegemonice el tráfico de estupefacientes, algo que el Mayo Zambada expresó en la entrevista concedida a Julio Scherer y que publicó (¿toda?) la revista Proceso y que quiere decir que todas las fuerzas policiacas y militares hoy desplegadas operan para favorecer esa estrategia (me pregunto: ¿todo el Ejército y la Armada sabrán que ésa es la estrategia del gobierno y que ellos están involucrados en ella?) De allí entonces que sí, hay dos bandos en pugna. Por un lado los miembros del grupo del Chapo Guzmán y las fuerzas del gobierno y por el otro todos los grupos criminales del país que se oponen a que la actual estrategia del gobierno se imponga a nivel nacional.
Como hasta hoy no ha sido sencillo imponer esa línea, pues ella rompe con las dinámicas con que tradicionalmente ha operado dicho narcotráfico hasta épocas recientes, suena remoto, por tanto, el que la violencia se llegue a erradicar y menos aún es posible que la contraviolencia del Estado logre imponerse para sacar adelante la estrategia mencionada. Puede, sí, que nadie dentro del Estado -que es diferente a gobierno- se haya puesto a diseñar una estrategia diferente, como afirma Carlos Navarrete (hoy al servicio abierto del espurio Calderón). Pero ello no es sino resultado de que a nadie dentro del Estado le interesa diseñar otra estrategia. Con la actual todos salen ganando: los grupos empresariales y financieros, que de maneras múltiples se ven beneficiados; los grupos políticos de todos los signos y siglas, que con la venta de favores (tipo Fernández en Nuevo León) obtienen ganancias adicionales, y sin duda militares y policías, que reciben prebendas y cuotas ilícitas de los grupos a los cuales les toca proteger. Un negocio redondo, pues, para el Estado, que así cambia radicalmente su vocación: de ser un Estado con vocación protectora de los grupos más desamparados de la sociedad, y que ahora pasa a ser un verdadero mafioso y protector de los intereses más oscuros de la sociedad.
Frente a esta nueva violencia institucional, a los ciudadanos comunes y corrientes no nos queda sino esperar nunca tener mala suerte en un retén (que un soldado dormido piense que no hiciste el alto o que te confunda con un narco) o estar en el lugar y tiempo equivocados en un fuego cruzado.

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