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Los escuadrones
de la muerte
José
Francisco Gallardo Rodríguez
generalgallardo@yahoo.com.mx
A
Felipe Calderón. El verdugo
de hoy puede ser la víctima de mañana.
En
un país donde la jactancia de las bandas criminales
acumula en tres años más de 20 mil muertes,
miles de desertores y lo más repudiable que pueda hacer
un Estado en contra del pueblo, con saña cada vez más
inaudita y donde quedan sin castigo las violaciones a los
derechos humanos, cometidas por las fuerzas de seguridad del
Estado, es lógico que emerjan conductas delictivas
desde instancias del poder público.
El problema es que, como hay tantas pruebas, el gobierno simula
y, más allá del discurso, desde el poder se
auspicia la formación de grupos paramilitares o escuadrones
de la muerte (EM) como los que actuaron en las masacres de
1968, del 10 de junio de 1971, la matanza de Acteal en 1997
y en el fusilamiento de 14 jóvenes en Ciudad Juárez
el pasado 30 de enero.
Estos grupos de extrema derecha, conformados por militares,
policías sin uniforme y civiles, que ejecutaron acciones
en contra de opositores políticos al gobierno y al
sistema político o sospechosos de serlo, nacieron durante
la guerra civil en Centroamérica cuando finalizó
el conflicto militar a raíz de los convenios de paz.
Investigaciones sobre la actividad de los EM hacen pensar
que estas estructuras clandestinas comenzaron como apéndices
de los servicios de inteligencia de los cuerpos de seguridad
y de las fuerzas armadas, para el caso que nos ocupa los llamados
Gizes (Grupos de Información de Zona), que operan a
discreción del mando.
La aplicación del método de grupos clandestinos,
supuestamente alejados del gobierno y de las fuerzas militares
del Estado, para no tomar responsabilidad alguna sobre sus
acciones, se desarrolló a partir de la estrategia de
USA para socavar al movimiento social que era la base de la
lucha guerrillera en aquel período: guerra de baja
intensidad.
La idea de conformar EM, su entrenamiento, financiamiento,
dotación de armamento y asesoría en general
fue proporcionada en forma de cobertura militar y de seguridad;
véase en México la alianza de seguridad (ASPAN)
y el Plan Mérida firmados por Bush-Fox-Calderón.
Las unidades del Ejército y de la policía tenían
bajo su cargo al menos un escuadrón que tomaba información
de los organismos militares y ejecutaba acciones de asesinato
y secuestro sobre blancos seleccionados, extorsión,
amenazas y todo tipo de delitos en contra de personas señaladas
como guerrilleros, sospechosas de apoyar la lucha contra el
gobierno, disidentes o simplemente denunciadas como tales
por terceros interesados en causarles daños, nos referimos
a cacicazgos o grupos de poder.
Eventualmente cada jefe militar autorizaba la existencia de
otro tipo de EM en su jurisdicción, a cargo de civiles
con poder económico que asumían por completo
su funcionamiento y existencia, siempre en coordinación
con las fuerzas militares del territorio bajo control. Hay
que recordar la creación de paramilitares durante la
Operación Chiapas 1994 que desembocó en la masacre
de 45 indígenas en Acteal en 1997.
Estos grupos "dormían de día y trabajaban
de noche", desplazándose en su territorio sin
mayor interferencia de las unidades militares o policiales
que custodiaban el terreno, pues eran reconocidos como necesarios
para hacer ese tipo de trabajo sucio de la guerra civil, a
favor de los gobiernos, sus fuerzas militares y de los grupos
sociales ínfimos que se beneficiaban de su existencia
y funcionamiento.
En palabras de la época del conflicto, se trataba de
"quitarle el agua al pez" como expresión
que significaba quitarle base social a la guerrilla o a cualquier
forma de oposición al gobierno y a sus fuerzas, por
medio del terror y de acciones terroristas contra la población
en general: Doctrina del Shock.
El resultado de todo ello fue una enorme cantidad de asesinatos
de opositores o sospechosos de serlo, sin identidad de sus
autores o sin que persona alguna fuera llevada a juicio por
los mismos.
No hay que olvidarlo, los EM o las bandas paramilitares que
actúan en varios países del hemisferio, no sólo
procedían contra delincuentes, sino contra quienes
los miembros de la oligarquía local, que financiaban
esas estructuras toleradas por la autoridad, identificaban
como enemigos.
En un contexto tan enrarecido como el que prevalece en México,
donde la impunidad alienta cualquier tipo de conductas delincuenciales,
la proliferación del paramilitarismo cobrará
auge si no se desactiva a tiempo.
Una de las formas es hacer más civil a las instituciones
de seguridad -policías- y profesionalizarlas; segun-da,
es hacer más militares a los militares para encauzarlos
a su función primordial y motivo de la existencia del
Ejército: la defensa nacional. Otra, cambiar la visión
patrimonialista que se tiene de la política, terminar
con la corrupción y romper el halo de impunidad que
ahoga a la sociedad y los avances democráticos.
La sangre es tinta indeleble que marcará históricamente
a la derecha en México, los muertos no hablan, pero
luego le reclaman al poder.
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