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El muro
del Ejército y la sociedad
José
Francisco Gallardo Rodríguez
generalgallardo@yahoo.com.mx
Cómo
no recordar, el 9 de noviembre de 1989 caía el Muro
de Berlín, símbolo del fin del comunismo. Esto
sucedía, cuando estaba en Santa Gertrudis, Chihuahua,
entonces criadero de ganado.
Un día igual de hace 15 años, en 1993, fui detenido
dentro de la IV Zona Militar con sede en Hermosillo, Sonora,
en pleno desempeño en el 4º Cuerpo de Caballería
de Defensa Rurales, según el juez militar: prófugo
de la justicia.
Conforme al protocolo militar, los comandantes bajo esa jurisdicción
dimos novedades al general de brigada diplomado de Estado
Mayor Víctor Manuel González Carbajal, y del
ahora famosísimo militar añorado por la sociedad,
brigadier diplomado de Estado Mayor Sergio Aponte Polito,
jefe de Estado Mayor.
González, mi comandante en la 6ª Compañía
de Cadetes, me consta que traficaba con los servicios, las
calificaciones, las órdenes de arresto, no obstante
que cada semana nos robaba el pre, asignado a los 100
cadetes. Es decir, mi superior que ahora nos sermoneaba con
clases de moral es históricamente un pillo, un día
en la zona se llenaba la guerrera con pacas de billetes.
Llegué a la zona procedente de esta ciudad, Antonio
Riviello Bazán y Arturo Salgado Cordero, entonces encargados
de la Secretaría de la Defensa Nacional, habían
ordenado mi traslado para evitar que litigara varios amparos
que había promovido contra ambos, por falsas imputaciones
que me enderezaron en 1989 por fraude y malversación
como comandante del criadero, a causa de negarme a darle al
sobrino -un desertor del Ejército- Fernando Riviello
Elizondo, mil millones de pesos del presupuesto; recibí
el amparo de la justicia federal; ergo, fui encarcelado sin
justificación legal. Luego, reclamaba de mi conducta
intachable y presentaba las sentencias de amparo ante la justicia
militar como pruebas fundatorias para iniciar procesos contra
los que se prestaron al juego de Riviello y Salgado, entre
otros criminales: Rafael Macedo de la Concha, Luis Roberto
Gutiérrez Flores y Guillermo Fromow García;
en respuesta me acusan por faltantes en el 26 Regimiento Blindado,
unidad a la que nunca pertenecí. Igual fui amparado.
Bajo el mando de González, recibía comisiones
ajenas a mi rango, claro que estaban haciendo tiempo para
fincarme responsabilidades sobre los casos de cosa juzgada.
Riviello y Salgado estaban furiosos porque los había
confrontado y puesto en ridículo en los tribunales
federales; una valiente jueza de lo administrativo le comunicó
a Riviello "de incumplir el amparo será destituido
del cargo"; al chaparrito le temblaron las corvas. Paralelo
a ello, solicitaba el reconocimiento para efectos de promoción,
de cuatro diplomados, la licenciatura y la maestría,
petición denegada aduciendo que la carrera de administración
pública no es aplicable a la Sedena. Claro, para esta
clase de pillos la milicia es autónoma del Estado.
Lo que yo buscaba es que este criterio quedara asentado en
actas.
Un día González, a través de Aponte,
me ordenó hacer una inspección al depósito
de armamento de la zona. Sospecho, pues me di cuenta que antes
había estado la Comisión Fija de Armamento y
reportado sin novedad. Tenía a disposición tropa
para hacerlo, sin embargo, personalmente revisé día
y noche, arma por arma, conté miles de cartuchos y
diverso material de guerra, las manos me quedaron ampolladas;
encontré faltantes más de ocho mil cartuchos
y armas defectuosas. Hice el informe para el Estado Mayor
y la comisión, lo que molestó a González
diciéndome: "Desleal, eres un problema por eso
nadie te quiere", pero en funciones de inspección
cumplía con la ley militar. La omisión en el
manejo de material de guerra es penada severamente, pero por
tratarse de personal diplomado de Estado Mayor, la omerta
del Ejército, no pasó nada. Después ya
no me dieron comisión, "A donde va ese hijo de
la chingada, siempre hay problemas", decían mis
excelsos jefes.
Aquel día nuevamente fui llamado por González.
Estaba allí Guillermo Álvarez Nahara, jefe de
la Policía Militar para detenerme, pero no me podía
desarmar. Me mostró rápido un papel y me propinó
patadas: "Conque muy defensor de derechos humanos ¿verdad
cabrón? Ahora qué le vas a decir al señor
secretario". Me subieron a un avión militar, durante
el vuelo a esta ciudad recibí amenazas y me apuntaban
con las armas: "Te vamos a tirar al mar; firma tu baja,
traidor". Un mes antes se había publicado en la
revista ,
en el número 22, Las necesidades de un ombudsman
militar en México. Coincidía con el 25
aniversario de la masacre estudiantil de 1968, y la Sedena
era fuertemente criticada por haber alterado un video de la
autoría del Canal 6 de Julio.
Ya en la prisión, en el Campo Militar Número
Uno, durante la noche, en una celda fría y húmeda,
decidí confrontar al mando y terminar con el culto
a la personalidad. Sopesaba las prerrogativas o defender la
honra militar, la libertad de expresión. Decidí
que nunca permitiría la violación a mi Constitución,
que juré guardar y hacer guardar aún a riego
de la vida o de la libertad, vía violación a
mis derechos. Así, igualmente en un histórico
día 9 de noviembre, cabalísticamente comenzaba
a caer el muro que divide al Ejército de la sociedad.
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