Diciembre de 2008
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El muro del Ejército y la sociedad

José Francisco Gallardo Rodríguez
generalgallardo@yahoo.com.mx

Cómo no recordar, el 9 de noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín, símbolo del fin del comunismo. Esto sucedía, cuando estaba en Santa Gertrudis, Chihuahua, entonces criadero de ganado.
Un día igual de hace 15 años, en 1993, fui detenido dentro de la IV Zona Militar con sede en Hermosillo, Sonora, en pleno desempeño en el 4º Cuerpo de Caballería de Defensa Rurales, según el juez militar: prófugo de la justicia.
Conforme al protocolo militar, los comandantes bajo esa jurisdicción dimos novedades al general de brigada diplomado de Estado Mayor Víctor Manuel González Carbajal, y del ahora famosísimo militar añorado por la sociedad, brigadier diplomado de Estado Mayor Sergio Aponte Polito, jefe de Estado Mayor.
González, mi comandante en la 6ª Compañía de Cadetes, me consta que traficaba con los servicios, las calificaciones, las órdenes de arresto, no obstante que cada semana nos robaba el pre, asignado a los 100 cadetes. Es decir, mi superior que ahora nos sermoneaba con clases de moral es históricamente un pillo, un día en la zona se llenaba la guerrera con pacas de billetes.
Llegué a la zona procedente de esta ciudad, Antonio Riviello Bazán y Arturo Salgado Cordero, entonces encargados de la Secretaría de la Defensa Nacional, habían ordenado mi traslado para evitar que litigara varios amparos que había promovido contra ambos, por falsas imputaciones que me enderezaron en 1989 por fraude y malversación como comandante del criadero, a causa de negarme a darle al sobrino -un desertor del Ejército- Fernando Riviello Elizondo, mil millones de pesos del presupuesto; recibí el amparo de la justicia federal; ergo, fui encarcelado sin justificación legal. Luego, reclamaba de mi conducta intachable y presentaba las sentencias de amparo ante la justicia militar como pruebas fundatorias para iniciar procesos contra los que se prestaron al juego de Riviello y Salgado, entre otros criminales: Rafael Macedo de la Concha, Luis Roberto Gutiérrez Flores y Guillermo Fromow García; en respuesta me acusan por faltantes en el 26 Regimiento Blindado, unidad a la que nunca pertenecí. Igual fui amparado.
Bajo el mando de González, recibía comisiones ajenas a mi rango, claro que estaban haciendo tiempo para fincarme responsabilidades sobre los casos de cosa juzgada. Riviello y Salgado estaban furiosos porque los había confrontado y puesto en ridículo en los tribunales federales; una valiente jueza de lo administrativo le comunicó a Riviello "de incumplir el amparo será destituido del cargo"; al chaparrito le temblaron las corvas. Paralelo a ello, solicitaba el reconocimiento para efectos de promoción, de cuatro diplomados, la licenciatura y la maestría, petición denegada aduciendo que la carrera de administración pública no es aplicable a la Sedena. Claro, para esta clase de pillos la milicia es autónoma del Estado. Lo que yo buscaba es que este criterio quedara asentado en actas.
Un día González, a través de Aponte, me ordenó hacer una inspección al depósito de armamento de la zona. Sospecho, pues me di cuenta que antes había estado la Comisión Fija de Armamento y reportado sin novedad. Tenía a disposición tropa para hacerlo, sin embargo, personalmente revisé día y noche, arma por arma, conté miles de cartuchos y diverso material de guerra, las manos me quedaron ampolladas; encontré faltantes más de ocho mil cartuchos y armas defectuosas. Hice el informe para el Estado Mayor y la comisión, lo que molestó a González diciéndome: "Desleal, eres un problema por eso nadie te quiere", pero en funciones de inspección cumplía con la ley militar. La omisión en el manejo de material de guerra es penada severamente, pero por tratarse de personal diplomado de Estado Mayor, la omerta del Ejército, no pasó nada. Después ya no me dieron comisión, "A donde va ese hijo de la chingada, siempre hay problemas", decían mis excelsos jefes.
Aquel día nuevamente fui llamado por González. Estaba allí Guillermo Álvarez Nahara, jefe de la Policía Militar para detenerme, pero no me podía desarmar. Me mostró rápido un papel y me propinó patadas: "Conque muy defensor de derechos humanos ¿verdad cabrón? Ahora qué le vas a decir al señor secretario". Me subieron a un avión militar, durante el vuelo a esta ciudad recibí amenazas y me apuntaban con las armas: "Te vamos a tirar al mar; firma tu baja, traidor". Un mes antes se había publicado en la revista
, en el número 22, Las necesidades de un ombudsman militar en México. Coincidía con el 25 aniversario de la masacre estudiantil de 1968, y la Sedena era fuertemente criticada por haber alterado un video de la autoría del Canal 6 de Julio.
Ya en la prisión, en el Campo Militar Número Uno, durante la noche, en una celda fría y húmeda, decidí confrontar al mando y terminar con el culto a la personalidad. Sopesaba las prerrogativas o defender la honra militar, la libertad de expresión. Decidí que nunca permitiría la violación a mi Constitución, que juré guardar y hacer guardar aún a riego de la vida o de la libertad, vía violación a mis derechos. Así, igualmente en un histórico día 9 de noviembre, cabalísticamente comenzaba a caer el muro que divide al Ejército de la sociedad.

 
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